A partir de la predicación del pastor David Jang, meditamos en Romanos 13 sobre la autoridad y la conciencia, la deuda del amor y el cumplimiento de la ley, la fe despierta y la vida revestida de Cristo, examinando con serenidad el camino de la gracia y la obediencia, la responsabilidad de la Iglesia en el mundo y la esperanza desde nuestro lugar presente.
Un
rayo de luz que atraviesa el oscuro lienzo de Caravaggio vuelve extraña, en un
instante, la noche a la que los ojos humanos se habían acostumbrado. Esa luz no
embellece simplemente las cosas, sino que revela rostros ocultos y corazones
torcidos. El mensaje de Romanos 13 que sostiene la predicación del pastor David
Jang se le parece. Pregunta cómo debe situarse la Iglesia ante el Estado y las
autoridades, qué deuda de amor debe asumir ante el prójimo y cómo debe
revestirse de Jesucristo en medio de un mundo semejante a una noche profunda.
Esta
predicación no reduce Romanos 13 a unas frases sobre la simple obediencia.
Presta atención a que la exhortación de Pablo al final de Romanos 12, “vence el
mal con el bien”, continúa en el capítulo 13 mediante los temas del orden y la
autoridad, los impuestos y el honor, el amor y la vigilancia espiritual. El
cristiano es ciudadano del Reino de Dios y, al mismo tiempo, ciudadano que vive
dentro del mundo. Esta doble posición no separa la fe de la realidad, sino que
lleva al creyente a atravesar el centro mismo de la realidad con conciencia y
amor.
Por
eso, la intuición teológica del texto es más profunda que una consigna política
o una lección moral. El evangelio se revela en la actitud ante la autoridad, en
la honestidad frente a los impuestos, en las pequeñas responsabilidades hacia
el prójimo y en los hábitos cotidianos de quien mira hacia el fin. La
meditación bíblica no queda como una frase silenciosa sobre el escritorio, sino
que se convierte en una pregunta existencial: ¿con qué vestidura me presento
hoy ante el mundo?
Ante
la autoridad, la gracia no es servil
La
confesión de Romanos 13 de que la autoridad procede de Dios no significa que
haya que divinizar el poder de este mundo. El curso de la predicación es
delicado precisamente en ese punto. No es lo mismo decir que Dios ha permitido
el orden que afirmar que todo poder representa fielmente la voluntad de Dios.
Por tanto, la fe no es sumisión incondicional, pero tampoco rebelión violenta
movida por la ira.
El
pastor David Jang interpreta que, cuando la Iglesia se relaciona con el poder
del Estado, debe guardar primero la pureza de la fe y vivir según la conciencia
dentro de la ley y el orden. Callar ante la injusticia o colaborar con el mal
no es digno del evangelio. Pero tampoco es el camino del evangelio traer los
métodos del mundo —odio, violencia y mentira— bajo el nombre de resistir al
mal. La gracia no debilita a la persona. Más bien, la gracia es una fuerza
profunda que permite dejar a un lado el deseo de venganza y escoger el bien
dentro de la soberanía de Dios.
La
responsabilidad social del cristiano se ve de nuevo desde aquí. Pagar
impuestos, respetar el orden público y no dañar la vida del prójimo no son
asuntos periféricos de la fe. Son la forma en que una persona que pertenece a
Dios vive responsablemente en el mundo, tal como enseñó Jesús: “Dad al César lo
que es del César”. La Iglesia no debe asimilarse al mundo, pero tampoco se
vuelve santa odiando al mundo. La santidad no es una vestidura blanca que
abandona la realidad, sino una conciencia despierta que procura no contaminarse
dentro de ella.
En
este punto, la paradoja de Pablo se vuelve aún más profunda. El camino de
encarcelamiento y traslado que, a los ojos humanos, parecía injusto, pudo
convertirse bajo la soberanía de Dios en el conducto por el cual el evangelio
avanzó hacia el centro de Roma. A través de esa escena, esta predicación afirma
que la Iglesia no debe tambalearse entre el temor y la hostilidad. Quien confía
en Dios no absolutiza el poder del mundo, ni tampoco combate imitando la maldad
de ese poder.
La
deuda del amor, la ligereza más pesada que dejó el evangelio
La
“deuda del amor” de Romanos 13:8 no es un lenguaje de emoción idealista. Es la
manera en que la persona salvada se comprende a sí misma. La gracia que hemos
recibido fue dada gratuitamente, pero esa gratuidad jamás es ligera. La ética
del evangelio es un amor que continúa pagando porque no puede pagar del todo;
un corazón que vuelve a extender la mano hacia el prójimo porque nunca puede
decir que ya ha saldado su deuda.
Esta
predicación ve en el amor el cumplimiento de la ley. Los mandamientos “no
cometerás adulterio”, “no matarás”, “no robarás” y “no codiciarás” se reúnen
finalmente en un solo mandato: amar al prójimo como a uno mismo. El amor no es
una buena voluntad abstracta, sino una renuncia concreta a hacer daño al
prójimo y una obediencia real que procura proteger la vida y la dignidad de
alguien. El amor de palabras puede parecer bello con facilidad, pero el amor
que no carga con el dolor se convierte pronto en una cáscara vacía.
Aquí,
la meditación bíblica desciende hasta los lugares más pequeños de la vida
cotidiana. No tomar a la ligera las obligaciones legales, no cubrir con el
nombre de la fe la astucia o la codicia, abrir la mano hacia los débiles de la
sociedad: todas estas acciones se convierten en maneras de recordar la deuda
del amor. La fe no permanece solo como una convicción interior. La fe ve
probada su verdad ante el rostro del prójimo.
El
amor también cambia el lenguaje de la comunidad. Cuando la obligación se siente
solo como imposición, la persona intenta hacer lo mínimo. Pero quien recuerda
la deuda del amor piensa más allá de su propia parte y busca el bien del
prójimo. El ágape del que habla la predicación no es un afecto centrado en uno
mismo, sino una dirección de sacrificio que extiende el bien incluso hacia
quienes persiguen. Por eso el amor no abole la ley, sino que la cumple. Si la
ley sostiene el orden exterior, el amor infunde calor de vida dentro de ese
orden.
La
fe despierta se quita las vestiduras de la noche
Pablo
dice: “ya es hora de despertaros del sueño”. Esta frase no es una consigna
escatológica destinada a provocar miedo, sino una intuición teológica que
permite ver de forma nueva la vida presente. El creyente, que ya ha recibido la
salvación pero aún espera el día de su consumación, no puede gastar el hoy de
cualquier manera. Decir que la noche está avanzada y que el día se acerca
significa ver con precisión la oscuridad del mundo y, al mismo tiempo, no
acostumbrarse a ella.
La
predicación no considera la glotonería, la embriaguez, la inmoralidad, el
desenfreno, las contiendas y la envidia como simples escenas de la antigua
sociedad romana. Son el lenguaje de la noche que ocupa el corazón humano en
cualquier época. Si la Iglesia se duerme junto con esa noche, pierde su luz por
más que pronuncie palabras correctas. Por tanto, el arrepentimiento no es solo
el sentimiento de lamentar un error, sino el cambio de dirección que consiste
en despojarse de las obras de las tinieblas y comenzar a caminar decentemente,
como de día.
La
expresión “armadura de luz” es hermosa, pero no ligera. La armadura no es
adorno, sino que presupone batalla. La vida cristiana no es una calma que huye
fuera del mundo, sino una tensión que guarda la conciencia, la verdad y el amor
en medio del mundo. No se trata de una piedad para ser vista por otros, sino de
una vida abierta delante del Señor incluso en los lugares donde nadie mira. Esa
es la señal de estar despierto.
Esta
vigilancia no es una ansiedad que calcula el fin, sino una esperanza que
permite vivir el día con rectitud. La fe en que el día de la consumación se
acerca no vuelve insignificante la realidad. Al contrario, hace que cada
palabra y cada decisión de hoy sean más graves y más claras. Quien mira la luz
venidera pierde la razón para pactar con la oscuridad presente.
El
lugar de la esperanza: revestirse de Cristo
El
final de Romanos 13 converge en estas palabras: “sino vestíos del Señor
Jesucristo”. El lugar al que llega esta predicación, después de pasar por la
autoridad y la conciencia, el amor y la ley, el fin y la santidad, es
justamente ese. Revestirse de Cristo no significa cubrirse con un lenguaje
religioso. Significa que su justicia nos cubre y que, conforme a esa justicia,
nuestra vida concreta es renovada en el camino de la santificación.
La
profundidad del evangelio que el pastor David Jang destaca mediante Romanos 13
se encuentra aquí. La Iglesia no puede volverse justa por sus propios medios ni
ante el poder del Estado, ni ante la necesidad del prójimo, ni ante la luz del
día que se acerca. Solo cuando se reviste de Cristo, el amor supera la
obligación y se convierte en obediencia gozosa; y el arrepentimiento deja de
ser autodesprecio para convertirse en retorno hacia la esperanza. La ética del
Reino de Dios no es un ideal lejano, sino que comienza entre la vieja vestidura
que una persona debe quitarse hoy y la nueva vestidura que debe ponerse.
Esa
vestidura no nos oculta para volvernos invisibles en el mundo; más bien revela
a quién pertenecemos. Se muestra ante la autoridad como conciencia, ante el
prójimo como amor, ante el pecado como arrepentimiento y ante el futuro como
esperanza. Por eso, “revestirse de Jesucristo” no termina como una frase de
devoción personal. Es una confesión pública sobre qué rostro tendrá la Iglesia
en el mundo, de qué manera vencerá el mal y con qué amor dará testimonio de sí
misma.
Al
final, el curso de esta palabra nos detiene en silencio. ¿Estoy atrapado ante
la autoridad entre el miedo y la ira? ¿Hablo de la deuda del amor, pero he
perdido la templanza de no hacer daño al prójimo más cercano? ¿Confieso que el
día está cerca, pero llevo cómodamente las vestiduras de la noche? El evangelio
exige hoy una vestidura más profunda que las grandes palabras. Ante la pregunta
de si lo que llevamos puesto es Cristo o el viejo hábito del deseo, la fe
vuelve a despertar.
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org
Video del sermón de David Jang:


