Siguiendo los sermones del pastor David Jang, meditamos sobre el verdadero significado de la Navidad y sobre el «otro evangelio» del que advierte Gálatas. Examinamos cómo el amor de la Iglesia y del creyente vuelve a cobrar vida cuando regresamos a la sola fe, la sola gracia y la sola Escritura, y repasamos serenamente qué perdemos en el momento en que añadimos condiciones humanas al Evangelio.
Cuanto
más se ilumina la ciudad invernal con miles de luces, más profunda es la
pregunta que se posa en el corazón de la Iglesia: ¿qué celebramos y qué
esperamos con alegría al acercarse la Navidad? La Reforma fue un movimiento
histórico que quiso volver a la Palabra escrita cuando los méritos humanos y la
tradición se mezclaron con la copa del Evangelio. Los sermones del pastor David
Jang sitúan esta antigua pregunta ante las puertas de la Navidad y nos invitan
a considerar por qué la venida de Jesucristo es una gracia perfecta que no
necesita ser completada por nada más.
La
Navidad no se limita al ambiente propio de una temporada que adorna bellamente
el final del año. Es un tiempo para volver a confesar por qué Dios envió a su
Hijo al mundo y por qué la humanidad necesita a Jesucristo. El centro que
revela Juan 3:16 es el amor de Dios, y ese amor se dirige a la salvación y a la
vida eterna de quienes creen. Por eso, la luz de la Navidad no es una
iluminación destinada al sentimentalismo, sino la luz que alumbra el camino de
la vida abierto para una humanidad atrapada en el pecado y la muerte.
Ante
la luz de la Navidad, preguntarnos por la razón del Evangelio
El
desarrollo del sermón no se detiene en la escena del nacimiento del niño Jesús,
sino que relaciona el motivo por el cual el Señor tuvo que venir a esta tierra
con el mensaje de Romanos. Romanos 5 muestra que, para una humanidad sometida
al pecado y a la muerte a causa del primer hombre, Adán, se abrió en Jesucristo
un camino de vida nueva. Romanos 8 revela la realidad de la salvación por la
cual, en Cristo, somos liberados de la ley del pecado y de la muerte. La
Navidad declara precisamente que esta salvación no comenzó con el esfuerzo
humano, sino con el amor del Señor que se humilló y vino hasta nosotros.
La
pregunta «¿por qué Jesús?» conduce directamente a otra: «¿por qué existe la
Iglesia?». El hecho de que haya muchas iglesias o de que hayan crecido
exteriormente no demuestra por sí solo el poder del Evangelio. La Iglesia debe
ser capaz de explicar, a partir de la Palabra, por qué la venida de Cristo es
salvación y cuál es la razón de la esperanza que encontramos en Él. Si pierde
su misión de enseñar el Evangelio y formar discípulos, puede perder de vista al
verdadero Señor de la Navidad incluso en medio de una celebración navideña
deslumbrante.
El
sermón también recurre a la comparación entre el mar y la sal para hacernos
reflexionar sobre el hecho de que el número de iglesias no siempre es
proporcional a su influencia. Así como una gran cantidad de sal no puede
detener la corrupción cuando ha perdido su sabor, si la Iglesia pierde el
asombro y la gratitud que produce el Evangelio, su presencia social puede ser
grande y, sin embargo, su vitalidad puede debilitarse. Por eso, la primera
tarea de la Iglesia no consiste en añadir más cosas, sino en recuperar el sabor
del Evangelio que ya ha recibido. Esa renovación no comienza con el aumento de
los programas, sino con el regreso a la fuente del amor.
En
este punto, la meditación bíblica va más allá de la simple acumulación de
conocimientos. La Palabra vuelve a despertar en nosotros las razones de la
salvación que habíamos olvidado por la familiaridad y arroja luz sobre el
verdadero centro de nuestra fe. Celebrar sinceramente la Navidad no consiste
únicamente en recordar el nacimiento del Señor, sino en escuchar de qué libera
hoy su venida a nuestra vida y hacia qué nos llama.
Cuando
la gracia se diluye como vino mezclado con agua
Las
imágenes del vino mezclado con agua y de la plata llena de escoria que presenta
Isaías muestran con claridad la corrupción del Evangelio. En cuanto se añade
algo extraño a lo que ya es suficiente, su sabor y su brillo comienzan a
apagarse. El pastor David Jang subraya, a través de Gálatas, que el peligro del
que debe cuidarse la Iglesia no consiste únicamente en abandonar abiertamente
el Evangelio. Incluso cuando se reconoce el Evangelio, la puerta a «otro
evangelio» puede abrirse en el momento en que se afirma que, para alcanzar la
salvación, deben añadirse obras, tradiciones o preceptos humanos.
La
enseñanza que perturbó a la iglesia de Galacia sostenía que los gentiles
también debían circuncidarse para ser salvos. Pablo la rechazó tajantemente no
por una simple diferencia de opinión acerca de un rito, sino porque semejante
afirmación equivalía a decir que la cruz y la gracia de Jesucristo no eran
suficientes. La severa advertencia de Gálatas 1 deja claro que el Evangelio no
es un mensaje que pueda modificarse de acuerdo con la autoridad o las
costumbres humanas.
La
tradición y el orden no son malos en sí mismos. Las formas del culto y las
normas de una comunidad pueden ayudar a la fe y servir a los creyentes. Sin
embargo, cuando se convierten en requisitos indispensables para acercarse a
Dios o levantan un umbral adicional sobre la gracia de Cristo, abandonan el
lugar que les corresponde. Las instituciones de la Iglesia deben ser el
recipiente que contiene el Evangelio, no el contenido que lo sustituye.
Que
el Evangelio se desdibuje significa que el amor de Cristo también se desdibuja.
Cuando la gracia se transforma en una condición, el creyente deja de responder
al amor recibido y comienza a esforzarse sin cesar por demostrar que es digno.
Entonces, la alegría de la fe se convierte en agotamiento y el fervor de la
comunidad se enfría dentro de las formas religiosas. La Iglesia puede perder su
capacidad de transformar el mundo no solo por falta de actividad, sino porque
se ha debilitado la fuente de amor que impulsaba toda esa actividad.
La
puerta de la libertad abierta por la sola fe
El
centro al que se aferran Gálatas y Romanos es la sola fe, la sola gracia y la
sola Escritura. Esta confesión no es una fórmula cómoda que elimine la
responsabilidad humana, sino una humilde confesión de fe que reconoce que los
méritos humanos no pueden convertirse en el fundamento de la salvación. Creer
de corazón en el amor de Cristo y confesarlo con la boca no significa exhibir
los propios logros, sino entregarse obedientemente a la salvación que ya nos ha
sido concedida. La fe no es el precio que pagamos para obtener la gracia, sino
la mano abierta que la recibe.
Gálatas
2:20 muestra cuán profundamente esta fe transforma la vida. La fe no consiste
en añadir un adorno religioso a la vida que ya llevábamos, sino en ser
crucificados con Cristo y vivir una vida nueva en Él. La libertad de la que
habla Gálatas 5:1 tampoco es el derecho a vivir como nos plazca. Es quedar
libres del yugo de tener que demostrar constantemente nuestros méritos para
obtener y conservar la salvación, de modo que podamos responder con amor.
La
fe reformada es la actitud de volver continuamente a este centro. La reforma no
termina siendo el nombre con el que conmemoramos un acontecimiento del pasado,
sino que se convierte en el proceso por el cual la Iglesia se examina a sí
misma ante la Palabra y renuncia a todo cuanto ha añadido al Evangelio. Esta es
también la razón por la que necesitamos la enseñanza doctrinal y el estudio de
la Biblia. No se trata de presumir de conocimiento, sino de discernir
enseñanzas que se parecen al Evangelio pero que vuelven a atar a las personas
al temor, y de proteger la claridad de la gracia que hemos recibido.
Conocer
profundamente la Palabra y ver cómo el amor se enciende no son cosas separadas.
Como afirma el sermón, la fe nace del corazón, y en ese corazón se encuentra el
amor de Cristo. La comprensión teológica no debe convertirse en un conocimiento
que analiza fríamente el amor, sino en una luz que nos ayuda a recordar con
precisión cuál fue la gracia que nos dio vida. Entonces, la Palabra deja de ser
un instrumento para juzgar a las personas y se convierte en la espada del
Espíritu, que atraviesa la falsedad y muestra el camino de la vida.
Cuando
el amor que no se enfría se convierte en la esperanza de la Iglesia
Proteger
la pureza del Evangelio no significa adquirir el derecho de condenar a los
demás. Como el amor que Pablo sentía por su propio pueblo, la actitud de la
Iglesia debe consistir en ayudar a quienes viven bajo un Evangelio oscurecido a
regresar al centro de la gracia. Necesitamos un amor que defienda la verdad sin
abandonar a las personas, que discierna el error sin cerrar el camino de la
restauración. El Evangelio no es un arma para derrotar al adversario, sino una
noticia de vida que ofrecemos para que todos podamos alcanzar juntos la
libertad.
Para
anunciar este Evangelio al mundo, la Iglesia necesita afilar la espada de la
Palabra. Un fervor impreciso no basta para explicar adecuadamente la razón de
nuestra esperanza a quien pregunta «¿por qué Jesús?». Cuando estudiamos
profundamente la Biblia y comprendemos con claridad la lógica del Evangelio, la
evangelización y la misión dejan de ser simples consignas conocidas y se
convierten en un testimonio capaz de despertar el corazón de una persona. El
mismo Evangelio puede anunciarse en culturas e idiomas diferentes porque el
fundamento de la salvación no se encuentra en las costumbres humanas, sino en
Jesucristo.
El
criterio para evaluar el nacimiento y el avivamiento de una nueva iglesia
tampoco puede limitarse a sus edificios o a sus cifras. Lo importante es saber
sobre qué confesión de fe se sostiene esa comunidad y qué proclama como centro
de la salvación. Cuando el Evangelio puro se convierte en su raíz, aparecen los
frutos de la libertad, la alegría, el amor y la misión. Cuando se mezclan otras
condiciones, las personas vuelven a quedar atadas al temor y al cansancio. La
vitalidad de la Iglesia no procede de su tamaño, sino de la claridad del
Evangelio.
El
mensaje del pastor David Jang reúne en un mismo lugar el amor de la Navidad y
la advertencia de Gálatas. Recordar la gracia de la venida del Señor y no
añadir absolutamente nada a esa gracia son dos cosas inseparables. Si
celebramos la Navidad mientras ocultamos el Evangelio bajo obligaciones y
condiciones, estaremos encendiendo luces y, al mismo tiempo, perdiendo de vista
la fuente de esa luz. Sin embargo, cuando nos aferramos solo a Jesús, solo a la
fe y solo a la gracia, la Iglesia vuelve a ser humilde y, al mismo tiempo, se
muestra valiente ante el mundo.
La
Navidad regresa cada año, pero el Evangelio no envejece con la repetición. Como
un vino que no ha sido diluido con agua, la profundidad de su amor se vuelve
más clara con el paso del tiempo. El Evangelio inalterable no es un adorno que
hace que la Iglesia parezca más grande, sino el corazón que la mantiene viva.
Entonces, ¿sigue brillando hoy el Evangelio en el centro de nuestra fe como un
don recibido gratuitamente, o está perdiendo silenciosamente su aliento bajo
las condiciones que nosotros mismos le hemos añadido?
Video del sermón de David Jang:


