Siguiendo la meditación del pastor David Jang sobre Lucas 14, examinamos la fe que ama a Jesús por encima de todo, la obediencia que carga con la propia cruz y la libertad que se desprende del apego a las posesiones. Una profunda reflexión sobre los tres caminos para superar la fe de la multitud y vivir como verdaderos discípulos que no pierden su sabor.
En La
vocación de san Mateo de Caravaggio, un haz de luz divide en dos la
vida de un hombre que estaba sentado en su lugar de siempre. El llamamiento no
consiste en añadir un pequeño adorno a una rutina antigua, sino en cambiar el
centro que hasta entonces había gobernado la vida y levantarse para emprender
un camino nuevo. El mensaje sobre el discipulado que el pastor David Jang,
fundador de Olivet University en Estados Unidos, presenta a partir de Lucas
14:25–35 guarda una profunda semejanza con esta escena. Seguir a Jesús no es
permanecer dentro del entusiasmo de la multitud, sino decidir reordenar ante el
evangelio el amor, la cruz y las posesiones.
La
pregunta de fe que detiene a la multitud
Grandes
multitudes caminaban con Jesús, pero el Señor no se dio por satisfecho con el
número. El momento en que Jesús se vuelve y les habla revela que no es lo mismo
caminar junto a la multitud que seguirlo como discípulo hasta el final. Asistir
a la iglesia y escuchar la Palabra son prácticas valiosas, pero por sí solas no
completan el camino del discipulado. El pasaje nos pregunta: «¿Sigo
verdaderamente a Jesús, o simplemente permanezco cerca de quienes lo siguen?».
El
pastor David Jang subraya que la iglesia de hoy no debe eludir esta pregunta.
Aunque aumente el número de miembros y se multipliquen las actividades, si el
centro de la vida no se desplaza hacia el evangelio, la situación no es muy
distinta de haber colocado los cimientos de una torre y haber detenido la obra.
La verdadera formación no termina reuniendo rápidamente a las personas, sino
que avanza hasta ayudarlas a comprender el peso del camino que han escogido y a
recorrerlo hasta el final. El discipulado no es un curso especial reservado a
unos pocos creyentes consagrados, sino el camino fundamental que toda persona
que cree en Jesús debe aprender.
La
palabra «discípulo» no es una credencial que se obtiene dentro de la iglesia,
sino una expresión de la dirección que toma la vida. Si el evangelio queda
reducido a un medio para recibir consuelo cuando lo necesitamos, terminamos
consumiendo los beneficios de la fe en lugar de seguir al Señor. El discípulo,
en cambio, examina sus deseos y sus hábitos ante la Palabra, se humilla allí
donde necesita arrepentirse y, aunque resulte incómodo, elige la dirección de
la obediencia. La credibilidad que la iglesia puede mostrar al mundo no
comienza con una apariencia deslumbrante, sino con la transformación sincera de
sus creyentes.
Colocar
la luz del evangelio en el primer lugar del amor
La
primera condición mencionada por Jesús es amar al Señor más que al padre y a la
madre, al cónyuge y a los hijos, a los hermanos y hermanas, e incluso más que a
la propia vida. La expresión «aborrecer» utilizada en el pasaje no significa
odiar a la familia ni abandonar las responsabilidades hacia ella. Es un
lenguaje comparativo que exige establecer con claridad la prioridad del amor.
La enseñanza bíblica de cuidar y honrar a la familia permanece intacta. Sin
embargo, queda aún más claro que ninguna relación debe ocupar un lugar absoluto
por encima de Dios.
Elegir
amar a Jesús por encima de todo no empobrece los demás amores. Por el
contrario, nos permite contemplar a la familia no como una prolongación de
nuestros propios deseos, sino como vidas que Dios nos ha confiado. El amor que
trataba de controlar por miedo se transforma en un amor que sabe esperar y
servir; el deseo de poseer da paso a un corazón que ayuda al otro a crecer en
libertad. Cuando Dios ocupa el primer lugar, el amor humano no disminuye, sino
que comienza a fluir de nuevo desde una fuente más pura.
Relativizar
incluso la propia vida tampoco significa despreciarla. Significa confesar que
nuestra seguridad, nuestro éxito, el reconocimiento de los demás y nuestra
comodidad no pueden convertirse en el criterio definitivo. El ser humano puede
ignorar la verdad o aplazar la obediencia por el deseo de protegerse a sí
mismo. El discípulo, sin embargo, cree que Dios es el dueño de la vida y busca
primero su voluntad. Cuando esta fe echa raíces, la familia, el trabajo y el
futuro dejan de ser realidades que debamos abandonar y se convierten en ámbitos
que debemos confiar a Dios y servir con fidelidad.
Estas
palabras son menos una exigencia de comparar la intensidad de nuestros
sentimientos que un llamamiento a examinar la dirección de nuestra vida. Ante
una decisión importante, aquello que buscamos en primer lugar y aquello que
intentamos proteger cuando anticipamos pérdidas o malentendidos revelan
nuestras verdaderas prioridades. La fe no consiste en añadir a Dios a una parte
de la vida, sino en permitir que la vida entera sea reorganizada alrededor de
él. Por tanto, el primer camino del discipulado no consiste en abandonar el
amor, sino en devolver al verdadero Señor del amor el lugar que le corresponde.
La
obediencia se profundiza a la sombra de la cruz
La
segunda condición es cargar con la propia cruz y seguir a Jesús. La cruz no es
un simple símbolo que adorna la fe, sino el lugar donde la renuncia a uno
mismo, la humildad y el sacrificio se convierten en decisiones concretas.
Anhelamos la alegría de la resurrección y el consuelo de Dios, pero fácilmente
deseamos evitar el esfuerzo y la incomodidad que aparecen en el camino. El
discípulo no escoge únicamente las palabras que le resultan favorables, sino
que asume también la dirección del camino que recorrió el Señor.
Las
parábolas del hombre que construye una torre y del rey que se prepara para la
guerra muestran que este compromiso no se completa mediante un entusiasmo
momentáneo. Calcular el costo no significa ponerle un precio a la gracia, sino
prepararse para responder con la vida a la gracia recibida. Aunque desaparezca
la emoción del comienzo y se haga sentir el peso de la realidad, debemos
examinar honestamente nuestra fe para no abandonar la obra dejando solamente
los cimientos. La predicación del pastor David Jang vuelve una y otra vez sobre
la necesidad de que la evangelización vaya acompañada de esta formación de
discípulos.
Una
fe que calcula el costo no es un frío cálculo de ganancias y pérdidas. No
avanza temerariamente confiando únicamente en sus propias fuerzas, sino que,
cuando llega al límite de lo que puede soportar, busca con humildad la gracia
de Dios y la ayuda de la comunidad. Así como el rey que se prepara para la
guerra examina cuidadosamente sus circunstancias, el discípulo no esconde sus
debilidades ni sus tentaciones, sino que las presenta abiertamente ante la
Palabra. Una decisión bien preparada no elimina el temor, pero nos permite
conservar la dirección incluso en medio de él.
La
cruz cotidiana se manifiesta con mayor frecuencia en situaciones cercanas que
en grandes acontecimientos. Puede aparecer cuando aceptamos una pérdida a causa
de la fe, cuando entregamos nuestro tiempo y nuestras fuerzas al servicio de la
iglesia o cuando servimos al prójimo. La cruz no es un mandato de amar el
sufrimiento en sí mismo, sino un llamamiento a abandonar el egocentrismo y
elegir el camino de Jesús. A medida que esta elección se repite, la obediencia
deja de ser una mera obligación y adquiere la forma del amor. La fe se
demuestra entonces no solo mediante palabras, sino a través de la dirección que
toma la vida.
La
iglesia debe sostener con paciencia, y no con condenación, a quienes recorren
este camino. Así como para completar una torre se necesita tanto un fundamento
firme como un largo período de trabajo, el discípulo maduro crece mediante la
Palabra, la oración y el cuidado de la comunidad. No es discípulo únicamente
quien nunca cae, sino también quien, aun después de caer, no pierde de vista la
dirección de la cruz y vuelve a levantarse. La gracia no solo cubre nuestra
debilidad, sino que despierta en nosotros la fuerza necesaria para obedecer de
nuevo.
En
las manos que sueltan sus posesiones permanece el sabor de la esperanza
La
tercera condición es renunciar a todas las posesiones. Esto no significa
deshacerse indiscriminadamente de todo lo necesario para vivir ni considerar
que los bienes materiales son malos en sí mismos. Es un llamamiento a impedir
que las posesiones se conviertan en las dueñas del corazón. Cuando una persona
intenta demostrar su valor y garantizar su seguridad mediante lo que posee,
puede quedar atrapada en una ansiedad cada vez mayor a medida que aumentan sus
bienes. En cambio, quien sabe que ya es rico en Dios puede utilizar con
gratitud lo que tiene y compartirlo generosamente cuando sea necesario.
El
pastor David Jang contrapone en este punto el «modo de tener» y el «modo de
ser». La persona atada a lo que posee se aferra a ello por miedo a perderlo.
Quien es libre frente a sus posesiones, en cambio, puede utilizar sus bienes
para cumplir la voluntad de Dios y atender las necesidades del prójimo.
Renunciar no significa elegir irresponsablemente la carencia, sino devolverle a
Dios el señorío para que las riquezas dejen de gobernar nuestras decisiones,
nuestras relaciones y nuestra fe. Entonces las posesiones dejan de ser un ídolo
y se convierten en un instrumento al servicio de la misión.
Esta
libertad se manifiesta menos en la cantidad de bienes que una persona posee que
en su actitud hacia ellos. Alguien que posee mucho puede vivir como un buen
administrador, mientras que alguien que posee poco puede convertir lo poco que
tiene en algo absoluto y quedar atrapado por el temor. Lo decisivo es compartir
cuando hace falta, recibir con gratitud y no medir el propio valor según la
abundancia o la escasez. Cuando la iglesia y sus líderes muestran primero esta
transparencia y moderación, la enseñanza sobre los bienes materiales deja de
percibirse como una imposición y puede recibirse dentro de una relación de
confianza.
La
imagen de la sal que aparece al final del pasaje reúne los tres caminos del
discipulado. Una fe que no coloca a Jesús en el primer lugar, que evita la cruz
y que permanece atada a las posesiones difícilmente puede ofrecer al mundo un
sabor diferente. Pero una comunidad que restaura el orden del amor, asume su
propia cruz y vive libre frente a lo que posee muestra la verdad del evangelio
más con su vida que con sus palabras. La sal no se exhibe a sí misma, pero
transforma el sabor del lugar en el que penetra. Del mismo modo, el verdadero
discipulado renueva el mundo mediante las pequeñas decisiones que se toman en
la familia, el trabajo y la iglesia.
La
advertencia sobre la sal que pierde su sabor también nos enseña de dónde
procede la autoridad espiritual de la iglesia. El mundo juzga la veracidad del
evangelio no solo por las palabras de la iglesia, sino por su manera de tratar
las relaciones, asumir el sacrificio y utilizar los bienes materiales. Cuando
se pierde la esencia del discipulado, incluso una voz poderosa suena vacía. Sin
embargo, el creyente que conserva el amor y la integridad en los lugares que
nadie ve deja silenciosamente el sabor de la vida. La influencia del evangelio
crece, en último término, allí donde la confesión de fe se encuentra con la
conducta cotidiana.
Las
palabras de Lucas 14 no son una norma severa destinada a cerrar la puerta del
discipulado, sino la invitación sincera de Jesús, quien no oculta la realidad
del camino. Es un camino estrecho y costoso, pero nos libera del egocentrismo y
del temor asociado a las posesiones, y nos conduce hacia la vida y la libertad
verdaderas.
¿Qué
ocupa hoy en mi vida un lugar más elevado que Jesús? ¿Cuál es la cruz que deseo
evitar y cuál es la posesión que no consigo soltar? Cuando, ante estas
preguntas, damos en silencio un paso hacia adelante, el camino de un discípulo
que conserva su sabor comienza de nuevo en nuestra vida cotidiana.
Video del sermón de David Jang:


