Siguiendo la predicación del pastor David Jang, meditamos sobre Jesucristo como el único fundamento, la entrega que permanece aun después de la prueba de fuego y el llamado a ser pescadores de hombres. Una reflexión cálida y profunda sobre por qué la Iglesia debe existir, más allá de sus edificios y actividades, para la oración, el Evangelio y la salvación de cada persona.
Bajo
un cielo de nubes grises, La torre de Babel de Pieter Bruegel
se eleva hacia lo alto y, al mismo tiempo, lleva ya en sí la sombra de su
derrumbe. Su altura despierta admiración, pero al final queda una sola
pregunta: ¿sobre qué está construida esta torre? La pregunta que la predicación
del pastor David Jang presenta ante la Iglesia comienza precisamente en ese
punto.
La
cuestión no es cuánto hemos logrado edificar, sino sobre quién lo hemos hecho.
En el centro del mensaje se encuentran las palabras de 1 Corintios 3:10-11. El
único fundamento sobre el que puede edificarse la Iglesia es Jesucristo. Cuando
el Evangelio desaparece, aun la obra más imponente termina dejando solamente la
apariencia exterior de un edificio. Las personas, los recursos económicos, la
organización y el prestigio pueden parecer capaces de sostener durante algún
tiempo a una comunidad, pero cuando llegan la lluvia y el viento, el fundamento
oculto queda al descubierto. La vida de la Iglesia no depende de la altura
visible, sino de la base invisible sobre la que se levanta.
Por
eso, la dedicación de una iglesia es una confesión mucho más solemne que una
celebración por la conclusión de una obra. Es volver a preguntarse ante Dios
para qué fueron establecidos ese espacio y esa comunidad, qué nombre exaltarán
en adelante y hacia dónde se dirigirán. La afirmación del sermón de que una
dedicación sin Jesucristo se limita a consagrar un edificio, pero no una
iglesia, nos invita a volver a lo esencial cada vez que alcanzamos algo.
El
fundamento invisible sostiene el peso del Evangelio
En
los días tranquilos, el fundamento no se deja ver. Pero cuando cae la lluvia
torrencial y soplan los vientos, la casa construida sobre la roca y la casa
edificada sobre la arena ya no pueden permanecer de la misma manera. Esta es
también la razón por la que el sermón advierte repetidamente contra el dinero,
el prestigio, el poder eclesiástico y la popularidad. Las pruebas sacuden la
apariencia externa de la comunidad y, al mismo tiempo, revelan qué ocupaba
verdaderamente el centro de su vida.
El
oro, la plata, las piedras preciosas, la madera, el heno y la paja de los que
habla 1 Corintios 3 iluminan incluso las motivaciones de quienes edifican la
Iglesia. Lo construido con orgullo, codicia y deseo de elevarse desaparece ante
el fuego. En cambio, el trabajo ofrecido con humildad, obediencia, sacrificio y
amor deja un resplandor purificado. Lo decisivo no es cuánto se hizo, sino con
qué corazón y con qué materiales se edificó. Solo la entrega construida sobre
el Evangelio atraviesa la prueba y permanece.
El
pastor David Jang presenta la dedicación de una iglesia no como un
acontecimiento que termina con una sola ceremonia, sino como un proceso
continuo en el que la comunidad, mientras exista, debe examinarse a sí misma
sobre el Evangelio de Cristo. La entrega de ayer no puede sustituir la
obediencia de hoy, y el avivamiento del pasado tampoco garantiza la fidelidad
del presente. Cada día es necesario examinar las motivaciones ante la Palabra y
arrepentirse para impedir que otros valores ocupen el lugar del fundamento.
Proteger la base significa, en última instancia, regresar una y otra vez al
Evangelio del principio.
Esta
pregunta no se limita al edificio de una iglesia. Como señala 1 Corintios 3:16,
si cada creyente es también templo de Dios, debemos examinar igualmente el
fundamento de nuestro interior. Aunque exteriormente mostremos una vida de fe
ordenada, podemos ir quedándonos vacíos por dentro si no nos edificamos
mediante la Palabra y la oración. Por el contrario, aunque nuestra vida sea
pequeña y pase inadvertida, si en ella se acumulan el amor y la obediencia, se
estará levantando un templo que no puede derrumbarse.
Los
materiales de la gracia que permanecen después del fuego
La
expresión «prueba de fuego» puede resultar aterradora, pero en el sermón no
significa únicamente desesperación. También es un tiempo que permite discernir
qué se consume y qué permanece. Cuando llegan las dificultades económicas, los
conflictos en la organización, los malentendidos entre las personas o la
tentación del prestigio, la comunidad se encuentra cara a cara con aquello en
lo que realmente había confiado. En ese momento, si el fundamento de Jesucristo
está claramente establecido, no se pierde el rumbo aun en medio de la
conmoción.
La
gracia no es un adorno que elimina las pruebas, sino la fuerza que nos permite
escoger el camino del Evangelio dentro de ellas. Así como Jesús venció las
tentaciones por medio de la Palabra, la Iglesia debe preguntarse en cada
encrucijada importante: «¿Es este verdaderamente el camino del Evangelio?».
Aunque una ganancia inmediata parezca grande, no debe negociarse el propósito
santo de la Iglesia. Y cuanto mayor sea la prosperidad, más debe aprenderse la
humildad que recuerda a Dios. La bendición no se concede como una posesión para
vivir cómodamente, sino como una responsabilidad aún mayor.
Por
eso, la autenticidad de una dedicación se revela más en el tiempo que sigue a
la ceremonia que en la solemnidad del acto. Al ofrecer nuestros talentos y
recursos, debemos preguntarnos si son adornos destinados a alimentar la vanidad
o una entrega semejante a una ofrenda consumida por el fuego para la expansión
del Evangelio. Cuando ponemos la gloria de Dios por encima del deseo de dejar
nuestro nombre, y cuando escogemos la fe que cuida lo que nos ha sido confiado
en lugar de la ambición de poseerlo, la Iglesia conserva el lugar de la gracia.
Lo que permanece después del fuego es la obra edificada con amor, sacrificio,
verdad y obediencia.
Este
aspecto traslada la meditación bíblica del terreno de las ideas a la vida
concreta. Conocer la Palabra significa escoger conforme a ella en los momentos
de crisis. La fe se vuelve más evidente cuando nuestros intereses están en
juego que cuando todo se encuentra en calma. Por tanto, una crisis comunitaria
no significa necesariamente el final. Puede convertirse en un tiempo doloroso,
pero necesario, de purificación, en el que aprendemos de nuevo qué debemos
abandonar y a qué debemos aferrarnos.
De
la casa de oración al llamado de ser pescadores de hombres
Decir
que la Iglesia está edificada sobre Jesucristo significa que su propósito de
existencia se vuelve claro. La Iglesia descrita en el sermón es un lugar en el
que se adora a Dios, se ora y se ayuda a que una persona más pueda alcanzar la
salvación. Cuando el dinero, los intereses particulares, las luchas por los
puestos y el poder eclesiástico ocupan el centro, la casa de oración para todos
los pueblos pierde su rostro original. Por el contrario, aunque no sea grande
ni espléndida, si en ella permanecen vivas la Palabra, la oración y el amor
mutuo, allí habita la gracia de Dios.
Sin
embargo, la Iglesia no cumple plenamente su misión con el simple hecho de
reunirse. La identidad de «pescadores de hombres» que Jesús dio a sus
discípulos al llamarlos muestra el siguiente destino al que debe conducir la
adoración. La Iglesia no es un almacén en el que el Evangelio se guarda en el
interior, sino una comunidad que sale al encuentro de quienes están perdidos
llevando la noticia de la vida. La razón por la que aprendemos la Palabra y nos
servimos unos a otros dentro de la Iglesia es también que podamos ser enviados
de nuevo al mundo.
En
la predicación del pastor David Jang, la dedicación de la iglesia y la misión
evangelizadora forman una sola realidad. El lugar de culto existe para acoger a
las personas, enseñarles la Palabra y enviarlas al mundo mediante la oración.
Los programas, las actividades, la ayuda social y el servicio son valiosos,
pero pueden perder su dirección cuando se separan del propósito evangélico de
conducir a una persona al Señor. Así como Pablo no corría sin rumbo, todo
esfuerzo de la comunidad debe conservar un centro claramente orientado hacia la
salvación.
La
expresión «pescar personas» no significa convertirlas en cifras que demuestren
nuestros resultados. Así como Pablo se acercó a la realidad de diferentes
personas con el deseo de salvar al menos a algunas, la evangelización es un
servicio que se aproxima al prójimo por amor. Algunos pueden participar en esta
misión mediante la alabanza; otros, por medio de la enseñanza y el discipulado;
y otros, a través de los medios de comunicación o de una sencilla acción de
compartir. Los métodos pueden ser diferentes, pero la pregunta es una sola:
¿hay realmente alguien que, por medio de nuestro esfuerzo, esté escuchando el
Evangelio y regresando a Dios?
La
fe que espera el fruto y vuelve al mundo
La
parábola de la higuera sin fruto impide que la Iglesia considere con ligereza
el tiempo que ha dejado pasar. La misión no se cumple simplemente porque la
adoración se repita y la organización continúe funcionando. Aunque transcurran
los años, si no aparece el fruto de la salvación ni quedan huellas de amor y
obediencia, la comunidad debe volver a preguntarse por qué existe. Que todavía
se nos conceda tiempo es un motivo de esperanza, pero también la
responsabilidad de cavar alrededor del árbol y abonarlo.
En
este sentido, el arrepentimiento no termina con el reconocimiento del fracaso.
Consiste en detener una carrera sin dirección y volver a caminar hacia una
persona concreta. Significa también humillar el corazón para no olvidar a Dios
en medio de la abundancia. Cuanto más crece la Iglesia, con mayor claridad debe
aferrarse al Evangelio, servir a más personas y profundizar en la oración. La
prosperidad no demuestra que la misión se haya completado, sino que se nos ha
confiado una misión todavía mayor.
El
sermón también aconseja registrar la historia recorrida por la Iglesia. Dejar
constancia de quién escuchó el Evangelio y regresó a Dios, qué oraciones fueron
respondidas y cómo Dios guio a la comunidad en los tiempos difíciles no tiene
como propósito presumir del pasado. Se hace para que la siguiente generación
recuerde, mediante esos testimonios, la compañía de Dios y encuentre valor para
recorrer nuevamente el camino del Evangelio que le ha sido confiado. La memoria
no mantiene a la comunidad atrapada en el pasado, sino que transmite su llamado
hacia el futuro.
La
esperanza más profunda de la Iglesia no consiste en vivir completamente libre
de pruebas de fuego. Se encuentra en la existencia de una oración y una
adoración que no desaparecen aun después de atravesar el fuego; en una entrega
ofrecida dentro de la verdad, y en un amor dirigido hacia una sola persona. Los
edificios pueden envejecer algún día, pero el fruto de quienes encontraron el
Evangelio dentro de ellos y regresaron a Dios se proyecta hacia la eternidad.
La Iglesia edificada sobre el fundamento de Cristo no se enorgullece de su
altura, sino que da testimonio de su fundamento mediante las vidas que ha
ayudado a salvar.
Ahora,
la pregunta vuelve a dirigirse a nosotros. ¿Cuál es el fundamento de la casa de
fe que estoy edificando? ¿Es la comunidad a la que pertenezco una cerca que
protege mi comodidad, o una casa de oración que abre sus puertas para dar vida
a las personas? Si hoy no doy un paso de amor y Evangelio hacia la persona que
me ha sido confiada, ¿dónde estoy viviendo realmente el nombre y el llamado de
ser pescador de hombres?
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org
Video del sermón de David Jang:


