Siguiendo la parábola del rico y Lázaro presentada en un sermón del pastor David Jang, reflexionamos sobre cómo la fe que se prepara para la eternidad conduce a una vida que comparte con el prójimo los bienes, la Palabra y la gracia. Examinamos el desenlace del rico que ignoró el sufrimiento a su puerta y la razón por la que debemos arrepentirnos y obedecer hoy ante la Palabra que ya nos ha sido dada.
Separados
por un solo portón, un hombre disfrutaba cada día de grandes banquetes,
mientras el otro esperaba las migajas que caían de la mesa. La distancia física
entre ambos era mínima, pero entre ellos se extendía una distancia del corazón
que nunca llegó a ser atravesada. Si en Ante la ley, de Kafka, un
hombre permanece frente a una puerta, en Lucas 16 el rico que está dentro no
logra ver al ser humano que yace fuera. El pastor David Jang, fundador de
Olivet University en Estados Unidos, parte de esta mirada cerrada para
preguntarnos cómo la insensibilidad que nos hace perder la eternidad puede
comenzar precisamente en aquello que tenemos más cerca.
La
parábola del rico y Lázaro no condena la riqueza en sí misma ni presenta la
pobreza como condición para la salvación. El núcleo que este sermón destaca es
cómo utilizamos los bienes, la Palabra y las oportunidades que nos han sido
confiados, y si hemos aceptado el sufrimiento que está a nuestra puerta como
una responsabilidad de amor. El evangelio habla del mundo después de la muerte,
pero esa eternidad no vacía de significado el presente. Al contrario, nos
pregunta con mayor seriedad qué estamos viendo hoy y a quién estamos dispuestos
a abrirle la puerta.
Ante
la puerta cerrada, el evangelio pregunta por nuestros ojos
La
parábola del mayordomo injusto y la del rico y Lázaro, ambas en Lucas 16,
forman parte de un mismo hilo. La primera pregunta cómo utilizaremos los bienes
que se nos han confiado y las oportunidades limitadas de nuestra vida; la
segunda muestra el final de quien emplea todo eso únicamente para su propia
satisfacción. Lo que poseemos no es, en última instancia, una propiedad
absoluta, sino algo que nos ha sido encomendado. La sabiduría del mayordomo se
manifiesta cuando emplea bien el tiempo y los bienes que le quedan para
prepararse para lo que vendrá.
El
mayordomo injusto no fue elogiado porque su falta de honradez se hubiera
convertido en virtud. Fue elogiado porque comprendió que el puesto que ocupaba
podía llegar a su fin y utilizó la oportunidad restante para prepararse para el
futuro. Esta escena ilumina una sabiduría totalmente opuesta a la actitud de
quien se aferra a sus posesiones como si la vida fuera a continuar para
siempre. El tiempo, los bienes y las oportunidades están sujetos a rendición de
cuentas. La fe del mayordomo comienza por no olvidar esta realidad.
El
rico tampoco fue reprendido simplemente por vivir en abundancia. Sus vestidos
de púrpura y lino fino, junto con los banquetes que celebraba cada día, cegaron
sus ojos y le impidieron ver a Lázaro ante su puerta. No era alguien incapaz de
ayudar, sino alguien que no aceptó como responsabilidad propia el sufrimiento
que tenía tan cerca. El problema más profundo no era el dinero, sino el hecho
de que la puerta de su corazón permanecía cerrada.
Por
eso, no debemos interpretar esta parábola mediante el esquema simplista de que
los pobres van al cielo y los ricos al Hades. La Palabra no pregunta solamente
cuánto poseemos, sino con qué actitud tratamos nuestras posesiones y si
practicamos el amor y la misericordia desde el lugar que nos ha sido confiado.
El pecado del rico no consistió en la abundancia misma, sino en encerrar esa
abundancia dentro de su propio banquete, sin permitir que fluyera hacia la
persona que estaba a su lado. En este punto, la meditación bíblica nos lleva a
dejar de juzgar el destino de los demás y a mirar la puerta ante la cual
nosotros mismos hemos permanecido indiferentes.
Cuando
la riqueza confiada se convierte en un camino de gracia
En
este sermón, el pastor David Jang no limita el significado de la riqueza a los
bienes materiales. También puede considerarse espiritualmente rica una persona
que disfruta abundantemente de la Palabra, de conocimientos teológicos, de un
entorno en el que puede adorar, de oportunidades para escuchar sermones y de
libertad religiosa. Sin embargo, cuando la gracia recibida se limita al
consuelo personal y a la satisfacción de la propia comunidad, esa abundancia
deja de ser un río que comunica vida y se convierte en un muro elevado. Haber
recibido mucho no es motivo de orgullo, sino el comienzo de una responsabilidad
más amplia de compartir.
El
egocentrismo espiritual puede ser más difícil de reconocer que la codicia
visible. Cuando escuchamos una abundancia de enseñanzas, pero las consumimos
solamente para nuestra estabilidad y seguridad personales, la fe puede parecer
profunda y, sin embargo, ser incapaz de ofrecer fruto alguno al prójimo.
Disfrutar del evangelio y de la gracia no significa haber obtenido el derecho
de almacenarlos, sino haber recibido la misión de hacerlos llegar más lejos.
Incluso la comprensión teológica se convierte en lenguaje de vida únicamente
cuando conduce al amor y a la obediencia que levantan a otras personas.
Por
tanto, compartir no significa arrojar a otros aquello que nos sobra como un
simple acto de beneficencia. Incluye cuidar de quienes padecen hambre material,
pero también anunciar el evangelio a quienes tienen hambre de la Palabra,
ayudarlos a aprender y prepararlos para que, a su vez, puedan servir a otros.
Por esta misma razón, el sermón destaca la labor de reunir libros cristianos y
enviarlos a los lugares donde hacen falta. Un solo libro puede parecer
insignificante para algunos, pero para quien carece de alimento espiritual
puede convertirse en una mano que abre un camino hasta entonces cerrado.
La
abundancia de las iglesias y las comunidades de fe también se encuentra ante
esta misma pregunta. Mientras en algunos lugares se consumen repetidamente
numerosos recursos, enseñanzas y oportunidades de comunión, en otros puede
haber personas esperando un solo libro o una única ocasión para recibir
enseñanza. El verdadero amor no se limita a aliviar momentáneamente una
carencia. Ofrece un lugar al lado de la persona para que aprenda la Palabra,
sea restaurada y llegue a servir a alguien más. Compartir lo recibido y formar
así a nuevas personas dispuestas a servir constituye la visión a largo plazo de
un mayordomo sabio.
La
gracia revela su luz original no tanto cuando es poseída, sino cuando fluye
hacia otros. La fe no se mide solamente por la cantidad de enseñanzas que hemos
escuchado, sino que es examinada a la luz del hambre que esas enseñanzas han
ayudado a aliviar. El amor no permanece como un sentimiento cálido en el
corazón, sino que mueve nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestros conocimientos
y nuestra lengua hasta alcanzar la vida concreta de una persona. La obediencia
no comienza necesariamente con una gran decisión, sino cuando dejamos de
considerar como problema ajeno la necesidad que está a nuestro lado.
Más
cercana que las señales está la Palabra: el arrepentimiento comienza hoy
En
medio de su sufrimiento, el rico ruega que Lázaro sea enviado a sus hermanos.
Sin embargo, Abraham responde que ya tienen a Moisés y a los profetas, y que
deben escucharlos. Ni siquiera un acontecimiento tan extraordinario como el
regreso de alguien de entre los muertos puede transformar automáticamente un
corazón endurecido. El verdadero arrepentimiento no comienza esperando una
nueva señal, sino escuchando la Palabra que ya está cerca y cambiando ahora
mismo la dirección de nuestra vida.
Este
pasaje deja silenciosamente al descubierto las excusas de la fe. A veces
pensamos que obedeceremos cuando recibamos una evidencia más clara, una
experiencia más intensa o una ocasión verdaderamente especial. Sin embargo, la
Palabra ya se ha acercado lo suficiente, y la responsabilidad de amar que hemos
postergado también se encuentra delante de nuestros ojos. Tal vez lo que falta
no sea luz, sino un corazón dispuesto a abrirse ante ella.
También
resulta significativa la escena en la que el rico pide una gota de agua para
refrescar su lengua. Durante su vida terrenal, esa lengua no pronunció una
palabra afectuosa para llamar a Lázaro ni dio instrucciones para que alguien lo
ayudara. Después de que la lengua capaz de salvar a otra persona permaneciera
en silencio, el rico pide misericordia para su propia lengua. El
arrepentimiento no consiste únicamente en lamentarse interiormente, sino en
renovar el uso de nuestras palabras: a quién consuelan, a quién comunican el
evangelio y a quién mueven a prestar una ayuda concreta.
Después
de la muerte, ya no era posible atravesar el gran abismo que separaba ambos
lugares. Esa ruptura no parece un destino extraño surgido repentinamente al
final de la vida, sino el resultado endurecido de una obediencia postergada
cada día y de una puerta del corazón que nunca se abrió. El momento de
comunicar la Palabra de vida a familiares y amigos, de soltar nuestros apegos y
de acercarnos al prójimo al que hemos ignorado es ahora, mientras estamos
vivos. El hecho de que todavía podamos arrepentirnos hoy es, antes que una
amenaza, una gracia que aún no nos ha sido retirada.
Quien
cree en la eternidad abre hoy la puerta
El
desenlace en el que se invierten las situaciones del rico y de Lázaro muestra
que las circunstancias de esta tierra no constituyen el juicio definitivo de
Dios. Así como el sufrimiento de Lázaro no fue eterno, tampoco lo fue el
banquete del rico. La esperanza de que Dios juzgará rectamente al final
sostiene a quienes sufren y hace humildes a quienes viven en abundancia. Quien
cree en la eternidad no trata la realidad con ligereza, sino que siente una
responsabilidad aún mayor por las decisiones que toma hoy.
Esta
esperanza nos ayuda a no abandonar el amor incluso cuando nuestros esfuerzos no
reciben una recompensa visible e inmediata. Ayudar a una persona por medio del
evangelio, edificarla con la Palabra y compartir con ella nuestros bienes y
nuestro tiempo puede parecer insignificante según los cálculos del mundo. Sin
embargo, el hilo del sermón nos conduce a confiar en que Dios no olvida el
esfuerzo de cada persona. Quien espera la recompensa del cielo no se vuelve
indiferente al sufrimiento de la tierra. Al contrario, persevera durante más
tiempo y permanece junto a quien sufre.
La
urgencia del sermón del pastor David Jang no busca provocar miedo, sino
ayudarnos a comprender que todavía queda tiempo para abrir la puerta. El
momento de comunicar el evangelio a nuestros seres queridos, compartir lo que
tenemos y volver un corazón endurecido no es un futuro indefinido, sino hoy.
Hoy es el tiempo anterior a la rendición de cuentas, y el hecho mismo de que
todavía podamos obedecer es la esperanza que nos ha sido concedida. La fe
orientada hacia la eternidad no aparta la mirada de la realidad, sino que
mantiene los ojos puestos en una persona concreta y se niega a abandonarla.
Prepararse
para la eternidad no significa desechar el presente, sino aceptar, antes de que
sea demasiado tarde, la responsabilidad de amar que hoy se encuentra ante
nosotros. ¿Estoy reteniendo los bienes, la Palabra y los talentos que he
recibido como adornos de mi propio banquete, o los estoy ofreciendo como
canales capaces de salvar a alguien? ¿Quién lleva mucho tiempo esperando fuera
de mi puerta, y cuándo decidiré abrirla?
Video del sermón de David Jang:


