Siguiendo el sermón del pastor David Jang sobre Hechos 3, meditamos profundamente en la acusación de Pedro —«matasteis al Autor de la vida»—, el evangelio de la cruz y la resurrección, el gozo del arrepentimiento y el perdón de los pecados, y la esperanza de la Iglesia que aguarda la restauración de todas las cosas. Una invitación a mirar a Jesucristo más allá del milagro.
En La incredulidad de Santo Tomás,
de Caravaggio, la luz que atraviesa la oscuridad revela las heridas que
permanecen en el cuerpo de Cristo antes incluso que el rostro del Resucitado.
La resurrección no es un milagro que convierta las heridas en algo que nunca
sucedió, sino el gran vuelco de Dios que muestra que la vida ha vencido
llevando todavía consigo las huellas de la muerte. El sermón sobre Hechos 3 del
pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, tampoco
pasa por alto las huellas del pecado. Solo después de atravesar de frente la
acusación de Pedro —«matasteis al Autor de la vida»— puede resplandecer con
toda su fuerza el evangelio de la resurrección: «pero Dios lo resucitó de entre
los muertos».
El punto de partida de este mensaje es
la asombrosa sanación de un hombre. Incapaz de caminar desde su nacimiento,
había pasado cuarenta años sentado hasta que, en el nombre de Jesucristo de
Nazaret, se levantó, caminó, saltó y alabó a Dios. Sin embargo, cuando la
multitud fijó la mirada en Pedro y Juan, el apóstol redirigió inmediatamente su
atención. El centro de aquel acontecimiento no era el poder ni la piedad de los
hombres, sino el nombre de Jesucristo, quien había vencido a la muerte.
En ese momento, el sermón de Pedro deja
de ser una mera explicación del milagro y se convierte en una proclamación del
evangelio que revela lo que la Iglesia debe anunciar. La restauración visible
se abre hacia la salvación invisible, y la historia que comenzó en los pies de
un solo hombre se extiende hasta convertirse en noticia de resurrección para
toda la humanidad sometida al pecado y a la muerte.
Cuando se abre la puerta del milagro, el evangelio señala lo que
hay más allá
El ser humano se detiene con facilidad
ante los milagros que puede ver. El momento en que un hombre incapaz de caminar
se pone de pie es impactante, y quien ha intervenido en ese acontecimiento
atrae naturalmente todas las miradas. Sin embargo, Pedro pregunta: «¿Por qué
ponéis los ojos en nosotros?». No recibe el milagro como una luz dirigida hacia
sí mismo, sino que lo devuelve a su verdadero lugar: una señal que apunta a
Cristo, fuente de toda luz.
A través de esta escena, el pastor
David Jang destaca la correcta comprensión de sí mismo que debe poseer quien
vive guiado por el Espíritu Santo. La persona que anuncia el evangelio nunca
debe olvidar que no es la dueña del mensaje, sino su testigo. Por mucho que
crezcan la estructura externa de la Iglesia, sus programas, sus recursos
financieros y sus ministerios, si estos terminan ocultando el nombre de Jesús,
se produce una inversión en la que los medios desplazan al verdadero centro. Lo
más propio y precioso que posee la Iglesia no son los logros capaces de
asombrar a las personas, sino la noticia de que el Autor de la vida murió por
los pecadores y resucitó.
Esta es también la razón por la que
Pedro pregunta: «¿Por qué os maravilláis de esto?». La sanación de un hombre
que llevaba cuarenta años sin poder caminar era ciertamente extraordinaria.
Pero el milagro aún mayor era la cruz y la resurrección de Jesucristo, así como
el hecho de que la Iglesia hubiera sido establecida mediante la venida del
Espíritu Santo. Cuando un milagro visible conduce a contemplar la obra mucho
mayor de la salvación, la señal recupera su verdadero lugar. El milagro no
reemplaza al evangelio, sino que revela hacia quién dirige el evangelio nuestra
mirada.
La Iglesia de hoy se encuentra ante la
misma pregunta. ¿Dónde hacen descansar nuestra predicación y nuestro ministerio
la mirada de las personas? ¿Las conducen a contemplarnos a nosotros o las
ayudan a mirar, a través de nosotros, a Jesucristo? La humildad espiritual no
consiste en despreciarse a uno mismo, sino en poseer un sentido claro de
dirección que devuelve al Autor de la vida toda gloria que pretenda detenerse
en nosotros.
El «pero» de la resurrección al final de la sentencia del pecado
El sermón de Pedro no evita la verdad
que incomoda a sus oyentes. Ellos negaron al Santo y al Justo, pidieron que se
les concediera la libertad de un homicida y, finalmente, dieron muerte al Autor
de la vida. Si esta acusación se aplicara solamente a la multitud reunida en la
antigua Jerusalén, la cruz quedaría reducida a un acontecimiento histórico
distante de nosotros. Sin embargo, el mensaje trae esa sentencia hasta el
creyente de hoy y le permite comprender que su propio pecado no es ajeno a la
cruz de Cristo.
Cuando se habla únicamente de la gracia
sin confrontar el pecado, el evangelio corre el riesgo de convertirse en un
consuelo barato. Pero cuando se habla solamente del peso del pecado sin
anunciar la resurrección de Cristo, la fe queda encerrada en la condenación y
la desesperanza. El sermón de Pedro supera ambos extremos mediante una sola
palabra: «pero». Esta conjunción no disminuye la gravedad del pecado humano,
pero tampoco permite que ese pecado se convierta en la última frase de la
historia.
El ser humano dio muerte al Autor de la
vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos.
La puerta que la humanidad creyó haber cerrado con la cruz fue abierta de nuevo
por Dios mediante la resurrección. Este gran vuelco no es un desenlace añadido
accidentalmente, sino el acontecimiento en el que la promesa salvadora de Dios,
anunciada a través de Abraham, Moisés, Samuel y los profetas, encuentra su
cumplimiento en Jesucristo. Pedro proclama que Jesús, quien vino como el Siervo
sufriente, atravesó la muerte y fue glorificado.
El evangelio no oculta el pecado humano, pero tampoco afirma que
ese pecado sea mayor que la salvación de Dios.La fe no es un optimismo que niega el propio fracaso, sino
la confianza en el camino de resurrección que Dios ha abierto incluso en el
lugar más profundo de nuestra derrota. Por eso, la honestidad ante la cruz y la
esperanza orientada hacia la resurrección nunca pueden separarse.
Cuando el arrepentimiento florece en el gozo del perdón
Pedro declara que ellos habían actuado
por ignorancia, pero no convierte esa ignorancia en una licencia para pecar.
Ahora que han llegado a conocer la verdad, los exhorta a arrepentirse y
convertirse. El conocimiento no es una información que permite eludir la
responsabilidad, sino una luz capaz de cambiar la dirección de la vida. El
arrepentimiento no consiste en condenarse sin fin, sino en que la persona que
había dado la espalda al Autor de la vida vuelva hacia Él con todo su corazón y
con toda su existencia.
Al final de ese retorno se encuentra el
perdón de los pecados. Los «tiempos de refrigerio» anunciados por Pedro no
describen una exaltación emocional pasajera ni un entusiasmo religioso que
permite olvidar momentáneamente la realidad. Se refieren a la libertad de saber
que una deuda imposible de pagar ha sido perdonada y a la profunda liberación
que experimenta quien, después de haber permanecido sujeto al poder de la
muerte, descubre abierto ante sí un camino de vida nueva. Así como el hombre
que no podía caminar se levantó y alabó a Dios, el alma que ha recibido el
perdón comienza a caminar de una manera diferente.
El arrepentimiento y la gracia que
presenta este sermón no se encuentran en extremos opuestos. El arrepentimiento
no es un precio que se paga para obtener la gracia, ni la gracia vuelve
innecesario el arrepentimiento. Cuando una persona comprende que ocupa el lugar
del pecador que dio muerte al Autor de la vida, el amor de la cruz, donde
Cristo cargó con ese pecado, se convierte verdaderamente en su evangelio
personal. Precisamente porque el pecado no se toma a la ligera, el perdón
alcanza una profundidad mayor; y precisamente porque el perdón es real, la
conversión no conduce a la desesperación, sino al gozo.
El sermón del pastor David Jang vuelve
a plantear a la Iglesia este orden fundamental del evangelio. No debemos diluir
la realidad del pecado para ganarnos el favor de las personas, pero tampoco
debemos retrasar el anuncio de la resurrección con el propósito de aplastar al
pecador. Cuando la denuncia del pecado, la obra expiatoria de la cruz, la
resurrección, el perdón y el gozo de una vida nueva son proclamados como un
único movimiento del evangelio, la Palabra atraviesa el alma y, al mismo
tiempo, vuelve a levantarla.
La esperanza de la Iglesia que aguarda la restauración de todas
las cosas
La mirada de Pedro va más allá de la
sanación de un hombre y del perdón individual de los pecados, y se dirige hacia
«los tiempos de la restauración de todas las cosas». Jesucristo ya vino y abrió
el camino de la salvación mediante la cruz y la resurrección, pero la
restauración plena todavía no ha sido consumada. El creyente vive en un tiempo
en el que disfruta de la gracia de la salvación ya concedida y, al mismo
tiempo, espera el mundo que el Señor llevará a su plenitud cuando vuelva.
Esta espera no es una actitud pasiva
que se desentiende de la realidad. La Iglesia es una comunidad de testigos que
proclama el arrepentimiento, anuncia la vida que se encuentra en el nombre de
Jesús y ayuda a quienes han recibido el perdón a vivir una existencia nueva. El
amor, la obediencia, el servicio y la misión que la Iglesia practica en este
mundo no constituyen un intento humano de completar la restauración de todas
las cosas. Son una respuesta de fe que anticipa y testimonia el Reino que el
Señor mismo llevará un día a su cumplimiento.
El sermón contempla esta historia de
salvación en Jesucristo, el nuevo Adán. Dentro del orden del pecado y de la
muerte heredado de Adán, el ser humano es incapaz de salvarse a sí mismo. Pero
en Cristo se abre el camino de la vida y de la nueva creación. La salvación no
se limita a una mejora moral mediante la cual una persona se vuelve un poco
mejor. Es un cambio radical: ser trasladado del ámbito gobernado por el pecado
y la muerte al Reino en el que gobierna el Autor de la vida.
Por eso, la misión de la Iglesia
regresa finalmente a un solo centro. No debe ocultar que nosotros somos
pecadores que dimos muerte al Autor de la vida. Debe testificar con valentía
que Dios lo resucitó y anunciar el perdón y la esperanza de restauración que
permanecen abiertos para todo aquel que se arrepiente. Todos los demás
ministerios encuentran su verdadera dirección únicamente cuando hacen visible
este evangelio.
¿Qué es lo que hoy nos maravilla y en
quién tenemos puesta nuestra mirada? ¿Nos detenemos ante los logros visibles y
las capacidades humanas, o atravesamos todo ello para contemplar al Señor de la
cruz y de la resurrección? Si creemos verdaderamente en el «pero» que Dios
colocó después de la sentencia del pecado, ¿hacia dónde debe volverse ahora
nuestra vida? Tal vez el lugar más profundo de la meditación bíblica no sea
aquel donde pronunciamos rápidamente una respuesta, sino aquel donde, delante
de estas preguntas, volvemos a mirar al Autor de la vida.
Video del sermón de David Jang:


