A
partir del sermón del pastor David Jang sobre Filipenses 3:17–4:9,
reflexionamos sobre las raíces de los conflictos en la iglesia y el camino del
evangelio que conduce de la división a la reconciliación y la paz mediante la
gracia de la cruz, un mismo sentir en el Señor, la mansedumbre y la oración con
acción de gracias.
Cuando
dos personas que en otro tiempo estuvieron hombro con hombro por el mismo
evangelio empiezan a pronunciar el nombre del otro como sinónimo de una herida,
grietas invisibles se extienden por los muros de la comunidad. Como nos
recuerda Martin Buber en Yo y tú, la crisis de una relación se
profundiza en el instante en que dejamos de ver al otro como un «tú» vivo y
comenzamos a tratarlo como un objeto al que hay que juzgar y excluir. El sermón
del pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, sobre
Filipenses 3:17–4:9 nos sitúa precisamente ante esas grietas y muestra que el
camino para transformar los conflictos de la iglesia en reconciliación se
encuentra, más que en las técnicas humanas, en la recuperación del sentir de
Cristo.
En
la iglesia de Filipos había hermosos recuerdos de gozo y colaboración en el
evangelio, pero también existía una desavenencia entre Evodia y Síntique. Pablo
no restó importancia al problema ni se apresuró a condenar a una de las partes.
Presentó, como un recorrido coherente, la vida centrada en la cruz y la
ciudadanía celestial, un mismo sentir en el Señor, la mansedumbre y la oración,
los pensamientos rectos y su puesta en práctica. No se limitó a tratar la
superficie del conflicto: puso ante el evangelio las raíces del corazón que
destruyen las relaciones.
Cuando
los conflictos adquieren otra dimensión ante la cruz
Pablo
comienza exhortando: «Sean imitadores de mí». Estas palabras no son una
declaración con la que presume de su propia perfección, sino una invitación a
contemplar juntos al Cristo a quien él sigue. Aunque estaba encarcelado, no
abandonó el evangelio; aun en medio del sufrimiento, no perdió el gozo. Por
eso, antes que sus palabras explicaran la doctrina, su vida ofrecía un ejemplo
concreto de lo que significa vivir una fe que sigue el camino de la cruz.
La
advertencia que viene después es todavía más incisiva. Pablo vincula la actitud
de quienes anteponen sus propios deseos e intereses y solo piensan en las cosas
terrenales con la condición de «enemigos de la cruz de Cristo». También los
conflictos de la iglesia pueden parecer, en la superficie, choques de
convicciones y principios, mientras esconden el deseo de ser reconocidos, el
afán de vencer o el apego a la propia posición. El pastor David Jang sitúa el
punto de partida para resolver las disputas no en llevar la cuenta de las
faltas ajenas, sino en negarse a uno mismo y arrepentirse ante la cruz.
Ante
la cruz, antes de descubrir quién tiene más razón, queda al descubierto aquello
a lo que nos aferramos. Nos preguntamos si hemos llamado «voluntad de Dios» a
nuestra postura cuando, en realidad, solo intentábamos proteger nuestro
orgullo; si hablábamos del bien de la comunidad mientras buscábamos aumentar el
número de nuestros partidarios. El evangelio no nos exige doblegar primero al
otro. Nos lleva a reconocer, antes que nada, el punto en el que nuestros deseos
se han vuelto más grandes que nuestro amor por la comunidad.
A
continuación, Pablo afirma que la ciudadanía de los creyentes está en el cielo
y dirige nuestra mirada hacia la esperanza de la resurrección, cuando nuestro
cuerpo humilde será transformado en un cuerpo glorioso. La fe que contempla la
eternidad no considera insignificantes las heridas de hoy, pero tampoco permite
que tengan la última palabra. Si la victoria o la derrota inmediatas no lo son
todo, podemos ir liberándonos de la urgencia de tener que ganar a cualquier
precio. La iglesia puede superar los conflictos no porque todos sus miembros
sean maduros, sino porque contemplan juntos el futuro que les ofrece Dios,
quien es más grande que todos ellos.
La
gracia de volver a llamarnos por nuestro nombre en el Señor
Antes
de hablar del conflicto, Pablo se dirige a los creyentes de Filipos como
«hermanos amados, a quienes tanto anhelo ver» y «mi gozo y mi corona». Antes de
la corrección está la voz del amor que los llama por lo que son. No se trata de
una retórica amable destinada a encubrir el problema, sino de un lenguaje
pastoral que restaura la identidad original de la comunidad, olvidada a causa
del conflicto. Ante la condena, las personas se defienden; en el seno de un
amor verdadero, encuentran el valor para examinar su propio corazón.
Después,
Pablo menciona por separado a Evodia y a Síntique y las exhorta a «tener un
mismo sentir en el Señor». No se pone del lado de una para acorralar a la otra.
Pero tampoco trata el conflicto de manera ambigua. Orienta la mirada de ambas
hacia un fundamento compartido, más profundo que sus respectivas posturas:
estar «en el Señor».
Tener
un mismo sentir no significa imponer una uniformidad que elimine las
diferencias de opinión. Es la unidad del evangelio: personas distintas que, al
dar mayor lugar al sentir de Cristo, dejan de convertir su propio pensamiento
en el criterio definitivo de la comunidad. Reconciliarse no es borrar
la voz del otro, sino volver a reconocer, ante el Señor, que el nombre de quien
tenemos delante es el de un hermano o una hermana.
Pablo
también pide a su «compañero de yugo» que ayude a estas dos mujeres. No
abandona el conflicto como si fuera un asunto exclusivo de las personas
implicadas, sino que llama a la comunidad a compartir la carga. Quien media no
debe ser alguien que transmite rumores, sino alguien que escucha a ambas
partes, abre un espacio para el diálogo mediante la mansedumbre y la oración, y
las ayuda a afirmarse de nuevo en el evangelio. Resolver un conflicto requiere
el esfuerzo amoroso de la comunidad, no el juicio de quienes observan desde
fuera.
Más
conmovedor aún es que Pablo recuerde a estas dos mujeres como colaboradoras que
habían luchado a su lado por el evangelio y afirme que sus nombres están en el
libro de la vida. La discordia presente no constituye la totalidad de lo que
son, ni las heridas pueden borrar su identidad última. Cuando comenzamos a
definirnos mutuamente como enemigos, la puerta de la reconciliación se cierra.
Pero cuando recordamos que hemos sido salvados por la misma gracia y caminamos
hacia la misma esperanza, el odio pierde su justificación para perpetuarse.
Cuando
la mansedumbre y la oración agradecida abren las puertas del corazón
La
exhortación «Alégrense siempre en el Señor» no es una invitación a fingir que
el conflicto no existe. Puesto que estas palabras se pronuncian mientras Pablo
está encarcelado y la iglesia atraviesa una desavenencia, ese gozo no es la
emoción ligera que sentimos cuando desaparecen los problemas. El gozo arraigado
en la ciudadanía celestial y en la esperanza de la resurrección impide que el
conflicto devore toda la identidad de la comunidad. Cuando perdemos el gozo del
evangelio, una sola palabra del otro puede adueñarse de nuestro corazón. Pero
cuando recuperamos el gozo en el Señor, el conflicto vuelve a ocupar su lugar:
una parte de nuestra vida que necesita ser sanada, no la totalidad de lo que
somos.
La
mansedumbre de la que Pablo habla a continuación no es una concesión impotente
ni un silencio carente de principios. Es la fuerza para superar el impulso de
responder de inmediato con represalias y destruir al otro cuando nos sentimos
tratados injustamente, y para elegir el bien con suavidad y firmeza. La
exhortación a que nuestra mansedumbre sea conocida por todos muestra que la
reconciliación no debe reducirse a un acuerdo discreto dentro de la iglesia: es
una expresión del carácter del evangelio que la comunidad está llamada a
manifestar ante el mundo.
Cuando
el conflicto se profundiza, el corazón empieza a temer incluso aquello que
todavía no ha sucedido. Interpreta una y otra vez las palabras del otro,
celebra juicios interminables en su interior e imagina el futuro de la relación
de la manera más sombría. Pablo nos exhorta a presentar esa ansiedad ante Dios
mediante la oración y la súplica, con acción de gracias. Lo contrario
de la ansiedad no es la insensibilidad, sino la oración agradecida que dirige
la mirada hacia Dios, quien es más grande que el problema.
Entonces
la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guarda nuestros corazones y
nuestros pensamientos. La paz no es una recompensa que recibimos después de que
todos los conflictos se hayan resuelto, sino una gracia que protege el interior
del creyente aun en medio de relaciones que siguen sin encontrar solución.
Cuando la paz sostiene nuestro corazón, podemos dejar de hablar al dictado de
la ira, dejar de interpretar las palabras del otro únicamente como expresiones
de mala intención y discernir el siguiente paso de obediencia que debemos dar.
La restauración de una relación comienza, ante todo, en el corazón de quien
ora.
Cuando
los pensamientos rectos llevan la reconciliación a la vida cotidiana
Por
último, Pablo nos exhorta a pensar en todo lo verdadero, digno de respeto,
justo, puro, amable y digno de elogio. Los conflictos permanecen vivos en
nuestros pensamientos mucho después de que los hechos hayan quedado atrás.
Atribuimos intenciones a una palabra del otro, volvemos a juzgar escenas del
pasado y reducimos a una persona a su peor momento. Por eso, pensar rectamente
no es evadir la realidad, sino una forma de meditación bíblica que reorienta el
corazón para impedir que el odio se convierta en su único intérprete.
Pensar
en lo verdadero significa no distorsionar los hechos; pensar en lo amable
significa no borrar por completo las huellas de la gracia que aún permanecen en
el otro. Hay una profunda comprensión teológica en la actitud de reconocer con
claridad una falta sin identificar a la persona con su error. Cuando recordamos
que también nosotros hemos sido perdonados por la gracia de la cruz, el
lenguaje del juicio pierde su dureza y se abre la puerta del arrepentimiento.
Sin
embargo, Pablo no se detiene en el pensamiento. Nos dice: «Pongan en práctica
lo que han aprendido, recibido, oído y visto en mí». La reconciliación no se
consuma con la comprensión de una hermosa frase. Es necesario tomar la
iniciativa de ponerse en contacto, escuchar de verdad, reconocer la propia
responsabilidad, compartir las cargas como comunidad y llevar a la vida
cotidiana los hábitos de la oración y la gratitud. El camino del evangelio que
ilumina el sermón del pastor David Jang conduce, en definitiva, a una
obediencia en la que las palabras y la vida se hacen una.
La
iglesia no es una reunión de personas que nunca tienen conflictos, sino una
comunidad de quienes, habiendo sido perdonados por medio de la cruz, aprenden
de nuevo a perdonar. Los conflictos pueden revelar los fracasos de la
comunidad, pero, cuando los llevamos ante el evangelio, también pueden
convertirse en un lugar donde se manifieste lo que realmente significan la
gracia y el amor. Lo que Pablo promete no es simplemente la tranquilidad que
surge cuando desaparecen los problemas, sino la presencia del «Dios de paz»
junto a una comunidad que aprende y pone en práctica lo aprendido.
¿Quién
se ha convertido ya en un enemigo dentro de mi corazón? Mientras oro para que
esa persona cambie, ¿no sigo aferrándome al orgullo y a los deseos que yo mismo
debería rendir ante la cruz? El primer paso hacia la reconciliación no comienza
calculando quién debe pedir perdón antes, sino recordando que todos estamos en
el Señor y que nuestros nombres están escritos juntos en el libro de la vida.
Hoy, ¿podré volver a llamar hermano amado o hermana amada a esa persona cuyo
nombre había convertido en el nombre de una herida?
Video del sermón de David Jang:


