Siguiendo
la predicación del pastor David Jang sobre el Padrenuestro, meditamos en la gracia
de llamar Padre al Dios santo. Reflexionamos sobre cómo las tres peticiones por
su nombre, su reino y su voluntad nos llevan más allá de la recitación
habitual, hacia el arrepentimiento, el amor y la obediencia cotidiana, y nos
invitan a reconsiderar el rumbo de nuestra vida de oración.
En El
ángelus, de Millet, dos personas que trabajaban la tierra inclinan la
cabeza, y la quietud de la oración desciende sobre el campo. Las herramientas a
su lado y las labores todavía pendientes nos recuerdan que orar no tiene por
qué ser un tiempo de alejamiento de la vida cotidiana, sino una ocasión para
reconsiderar su rumbo. La predicación del pastor David Jang sobre el
Padrenuestro también nos conduce más allá de la recitación acostumbrada: nos
invita a llamar Padre al Dios santo y a vivir conforme a su reino y a su
voluntad.
A
veces recitamos el Padrenuestro hasta la última palabra sin vacilar, mientras
nuestro corazón permanece atrapado, de principio a fin, en sus propias
preocupaciones. Recordar las frases no es lo mismo que situar nuestra vida ante
ellas. A través de las tres peticiones por el nombre, el reino y la voluntad de
Dios, esta predicación nos pregunta para qué debe vivir quien ora. Comprender
profundamente el Padrenuestro no consiste solo en saber explicar su
significado, sino también en contemplar a su luz el día que vivimos.
Al
detenernos ante la santidad, el amor se hace más profundo
La
confesión de que Dios es amor ofrece descanso al corazón cansado. Sin embargo,
si entendemos ese amor únicamente como una benevolencia que aprueba nuestros
deseos sin cuestionarlos, podemos encontrar consuelo y, al mismo tiempo, perder
de vista quién es Dios. Para comprender el amor del que habla 1 Juan 4:8, la
predicación nos invita a contemplar primero la santidad divina. El amor no se
comprende plenamente dejando de lado la santidad, sino dentro de una relación
con el Dios santo.
La
escena en que Moisés se quita el calzado ante la zarza nos muestra el umbral de
esa relación. Ante el mandato de Éxodo 3:5, ya no podía presentarse ante Dios
como si se tratara de un encuentro cualquiera. Dios es el Creador, a quien no
podemos encerrar en nuestros pensamientos ni en nuestros deseos, y quien
sostiene todo cuanto ha creado. La adoración y la gratitud no son un tributo
que ofrecemos a regañadientes, sometidos por su poder, sino la respuesta de la
criatura que encuentra su lugar ante quien le dio la existencia.
Ahora
bien, conocer la santidad de Dios no significa permanecer únicamente a
distancia, sumidos en el temor. El Dios todopoderoso también llama al ser
humano de manera personal y lo espera con amor. No debemos confundir esa espera
con impotencia, ni entender su omnipotencia como una imposición carente de
amor. La advertencia de la predicación ilumina ambos extremos: un amor sin
santidad puede deslizarse hacia el desenfreno, y una santidad sin amor puede
endurecerse hasta convertirse en formalismo.
Esta
santidad y este amor se manifiestan de manera concreta en Jesucristo. Conocer a
Dios en Jesús no es permanecer en un consuelo indefinido, sino encontrarse
personalmente con su amor. Por eso, la predicación también vuelve sobre el
pecado y el juicio de los que habla Romanos 1. La gracia de la salvación no es
una tranquilidad superficial obtenida al borrar el peso del pecado, sino la
buena noticia de una vida rescatada en Jesús, aun con plena conciencia de la
severidad del juicio.
Al
llamarlo Padre, la gracia abre la puerta de la oración
El
comienzo del Padrenuestro invoca, a la vez, al Dios que está en lo alto y al
Padre que está cerca. En «que estás en los cielos» resuena la reverencia; en
«Padre nuestro», la intimidad. En Jesucristo, y gracias al Espíritu Santo que
habita en nosotros, podemos participar de esta invocación. La gracia de
poder llamarlo Padre no es un permiso para olvidar su santidad, sino un camino
para acercarnos con amor al Dios santo.
El
pastor David Jang explica esta relación a la luz del encuentro «cara a cara» de
1 Corintios 13:12. La esperanza de que, aunque ahora conocemos en parte, un día
conoceremos plenamente nos recuerda que la profundidad de la fe no depende
únicamente de la cantidad de conocimientos que poseemos. En los momentos en que
abrimos el corazón en oración y escuchamos la Palabra, lo que sabemos acerca de
Dios se profundiza en una vida de comunión con él. Aquí comienza también el
examen de nuestro corazón: ¿estamos orando solo para cumplir una obligación?
Esta
comunión no queda encerrada en lugares y momentos especiales. Podemos abrir el
corazón al Padre al comenzar el día, mientras caminamos, ante la mesa y antes
de dormir. Algunas respuestas llegan pronto y otras requieren una larga espera;
aun así, la predicación se aferra a la confianza en que Dios responde a su
debido tiempo y conforme a su bondad. En lugar de impacientarnos por obtener
resultados inmediatos, confiamos nuestra vida a quien escucha nuestras
preocupaciones.
El
hecho de haber sido amados primero también impregna nuestra manera de tratar a
los demás. Como enseña el mandamiento nuevo que Jesús dio en Juan 13:34, el
amor recibido debe prolongarse en una vida de amor mutuo. Si abrimos el corazón
a Dios, pero lo cerramos a quien está a nuestro lado, debemos examinar cómo se
manifiesta en nuestras relaciones la intimidad que experimentamos al orar.
Cuando la alegría de ser amados por el Padre alcanza también al prójimo, la fe
deja de ser un consuelo que guardamos solo para nosotros.
Honrar
el nombre de Dios y vivir la esperanza de su reino
El
Padrenuestro reordena ahora el centro de la vida que anhelamos. La petición
«Santificado sea tu nombre» expresa nuestro reconocimiento de la persona y la
autoridad de Dios. Al advertir que podemos exaltar ese nombre con los labios y
deshonrarlo con nuestros actos, la oración nos conduce de manera natural al
arrepentimiento. Nos invita a examinar si la reverencia que expresamos en la
adoración está presente también en nuestras palabras y actitudes cotidianas.
La
predicación advierte que las disputas, las divisiones y las conductas
deshonestas no se agotan en el ámbito personal del creyente. La manera de vivir
de quienes creen en Dios puede hacer que incluso su nombre sea objeto de burla.
Por eso, antes de señalar la irreverencia ajena, la oración que pide la
santificación de su nombre nos lleva a considerar qué testimonio está dando
nuestra propia vida. Cuando el deseo de honrar ese nombre ocupa un lugar
anterior a nuestra certeza de tener razón, comenzamos a detener las palabras
que antes pronunciábamos sin cuidado.
La
petición «Venga tu reino» amplía todavía más el horizonte de la esperanza. En
esta predicación, el reino de Dios no es únicamente un mundo que aguardamos
después de la muerte, sino el gobierno divino que ya ha comenzado por medio del
Espíritu Santo. Al mismo tiempo, es la esperanza del reino que alcanzará su
plenitud con la segunda venida del Señor. Porque creemos que el reino ya ha
llegado, examinamos nuestros pensamientos y nuestras acciones de hoy; porque
todavía no se ha consumado, no renunciamos a la espera ante una realidad
imperfecta.
Cuando
contemplamos ese reino a la luz del llamado al arrepentimiento de Mateo 4:17,
la espera no puede reducirse a una expectativa vaga. Nos lleva a reconocer la
contradicción de pedir el gobierno de Dios mientras pretendemos mantener
nuestra propia vida bajo el dominio de nuestros deseos. Por eso debemos
preguntarnos si las riquezas, el prestigio o nuestras relaciones se han
convertido en amos que nos retienen. La oración por el reino nos desplaza del
deseo de poseer cada vez más hacia una pregunta distinta: ¿para qué emplearemos
lo que ya hemos recibido?
Donde
termina la oración, comienza un día de obediencia
Al
llegar a la petición «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la
tierra», la oración nos hace mirar con mayor claridad la realidad en la que
vivimos. Pedir que la justicia y el amor de Dios se desplieguen en una tierra
marcada por el pecado, el sufrimiento y la injusticia no puede separarse de la
disposición a poner en práctica su voluntad. La esperanza de la que habla esta
predicación no es una razón para huir del mundo, sino para vivir en él conforme
a la voluntad de Dios. La fe que mira al cielo no resta peso a las
responsabilidades en la tierra.
El
pastor David Jang no confía esta manera de vivir únicamente a la fuerza de
voluntad humana. Romanos 8:26 nos recuerda que el Espíritu Santo nos ayuda en
nuestra debilidad, incluso cuando no sabemos qué pedir en oración. En los días
en que las palabras no fluyen, podemos dejar de mirar únicamente nuestras
carencias, volver a las palabras que el Señor nos enseñó y abrir de nuevo el
corazón. Meditar una y otra vez en el Padrenuestro no es un entrenamiento para
convertirnos en personas que oran a la perfección, sino una manera de
reorientar hacia Dios nuestra vida frágil.
Cuando
ese rumbo se vuelve claro, también cambia nuestra manera de contemplar la vida.
Las riquezas y el prestigio dejan de ser amos a los que debemos aferrarnos para
afirmar nuestra existencia y se convierten en dones recibidos de Dios, en
recursos que podemos poner al servicio de su reino. El descanso, además, no
llega únicamente cuando desaparecen todas las preocupaciones: nace de la fe en
que vivimos dentro del plan del Padre y finalmente volveremos a él. En lugar de
la angustia de tener que sostener nuestra vida en soledad, comienza a arraigar
la confianza de vivir como hijos amados.
Al
terminar de orar y abrir los ojos, nos esperan las mismas tareas y las mismas
personas. Sin embargo, para quien ha orado por el nombre, el reino y la
voluntad de Dios, esa vida cotidiana ya no es un tiempo ajeno a la oración.
Tras la última palabra del Padrenuestro queda todavía un día por vivir. A aquel
a quien hoy mis labios han llamado Padre, ¿lo llaman también Padre mis
palabras, mis decisiones y mi amor?
Video del sermón de David Jang:


