A
partir del sermón del pastor David Jang, recorremos las ciudades del Nuevo
Testamento, como Éfeso, Galacia y Laodicea. A través de la misión de Pablo, la
obra del Espíritu Santo y las transformaciones del cristianismo en Turquía,
desde Bizancio hasta el Imperio otomano, meditamos sobre el evangelio y el
primer amor que la Iglesia de hoy está llamada a preservar.
El
29 de mayo de 1453, el derrumbe de las murallas de Constantinopla no anunció
únicamente el fin de un imperio. Marcó un profundo punto de inflexión: una
tierra donde habían echado raíces las iglesias del Nuevo Testamento y había
florecido el cristianismo bizantino pasaba a formar parte de un nuevo orden
político y religioso. A partir de esa escena, el sermón del pastor David Jang
retrocede en el tiempo para seguir las huellas de la misión de Pablo y del
evangelio grabadas en las ciudades del Nuevo Testamento. No se limita a
recordar nombres de lugares hoy convertidos en ruinas, sino que pregunta cómo
el evangelio sacudió la vida de las ciudades y por qué la Iglesia debe
conservar su primer amor.
En
Anatolia, que corresponde a gran parte de la actual Turquía, se encontraban
Éfeso y Galacia, Laodicea y Pérgamo, Antioquía de Pisidia y Troas, Colosas y
Esmirna. Estos lugares no constituían un simple telón de fondo. Fueron
escenarios de los pasos de Pablo y del nacimiento de comunidades cristianas,
donde se enfrentaron la fe y la idolatría, la gracia y la autosuficiencia. Por
eso, leer acerca de las ciudades del Nuevo Testamento no consiste solamente en
desplegar un mapa del pasado: es una meditación bíblica que nos lleva a
examinar dónde está arraigada nuestra fe hoy.
El
evangelio entró en lo más profundo de la ciudad
Éfeso
era una de las principales ciudades de Asia Menor, donde el comercio y la
religión estaban estrechamente entrelazados. El imponente templo de Artemisa
sostenía tanto el prestigio como la economía de la ciudad, mientras que la
magia y la hechicería mantenían cautivos los temores y los deseos de sus
habitantes. Pablo permaneció allí unos tres años proclamando el evangelio, y
aquella Palabra produjo repercusiones no solo en el ámbito del culto, sino
también en la vida cotidiana y en los medios de subsistencia de las personas.
El evangelio entró en conflicto con el orden de la idolatría porque tocaba
aquello en lo que la ciudad creía y aquello de lo que vivía.
Hechos
19 relata cómo quienes habían escuchado la Palabra reunieron sus libros de
magia y los quemaron. Aquello significaba mucho más que deshacerse de objetos
antiguos. Era una señal de arrepentimiento: renunciaban al poder en el que
habían confiado para sostener sus vidas y establecían un nuevo centro para su
existencia. El evangelio no es un conocimiento que añade una frase más
a nuestros pensamientos, sino un poder que nos lleva a cambiar aquello en lo
que confiamos y a reorientar nuestra manera de vivir.
En
Galacia, las cuestiones de la ley y la fe, la circuncisión y la salvación se
convirtieron en preguntas centrales para las iglesias. Pablo insistió en que
nadie puede presentarse ante Dios amparándose en señales externas o
tradiciones, y en que la salvación es una gracia que se recibe por la fe. No se
trataba de imponer nuevas normas religiosas a los gentiles, sino de conducirlos
a reconocer que nadie puede salvarse a sí mismo y a permanecer en la gracia de
Dios. Las iglesias de Galacia mostraron que el evangelio es una buena noticia
que trasciende las fronteras étnicas y las costumbres.
Antioquía
de Pisidia fue el lugar donde, durante el primer viaje misionero de Pablo y
Bernabé, se abrió más ampliamente la puerta de la misión entre los gentiles. En
Troas se abrió un nuevo camino hacia Macedonia, y Pablo dejó atrás el
territorio conocido para dirigirse al otro lado del mar. Colosas y Laodicea
intercambiaban cartas para su lectura, compartiendo con las comunidades vecinas
la Palabra que cada iglesia había recibido. El evangelio fundó iglesias en
distintas ciudades, pero no las dejó como islas aisladas.
Donde
habitó el Espíritu Santo, floreció una forma distinta de vivir
El
camino misionero que continuó desde Troas condujo a Filipos. En aquella ciudad,
que era una colonia romana, Pablo fundó la primera iglesia del continente
europeo, y en sus comienzos estuvo Lidia, una comerciante de telas de púrpura.
Después de escuchar la Palabra y recibir el bautismo junto con su familia,
Lidia abrió su casa como lugar de encuentro para la comunidad. La iglesia
comenzó no con una gran institución ni con un edificio espléndido, sino con el
corazón de una persona que había acogido el evangelio y con una casa abierta.
Los
himnos que Pablo y Silas cantaron a medianoche mientras estaban encarcelados
también revelan la fe que se manifestó en Filipos. No cantaron después de que
hubiera desaparecido el sufrimiento, sino que alabaron a Dios en medio de él.
Su canto transformó aquella cárcel, dominada por el temor y la desesperación,
en un lugar de adoración. La obra del Espíritu Santo que destaca el sermón del
pastor David Jang no consiste en una exaltación emocional pasajera, sino en una
fuerza que renueva lo más profundo del ser humano para que se vuelva hacia Dios
en lugar de dejarse arrastrar por las circunstancias.
La
iglesia de Filipos recibió la enseñanza de servirse unos a otros con humildad y
permanecer unida en el amor. En una cultura que perseguía el honor y la gloria
personales, cuidar de los débiles, compartir los bienes y edificar la comunidad
representaba un orden de vida claramente distinto. El evangelio no llevó a las
personas a abandonar las ciudades para esconderse en las montañas. Formó
personas que, permaneciendo en el corazón de la ciudad, aprendían a amar y
servir de una manera diferente.
También
en Éfeso, la transformación fue más allá de los ritos religiosos. Quienes
habían renunciado a los ídolos y a la magia aprendieron a vivir en santidad en
el Espíritu Santo y fueron formando una comunidad que buscaba el amor y la paz
por encima de los deseos materiales. Símbolos como la cruz y el pez, la oveja y
la vid se convirtieron en un nuevo lenguaje de fe; más adelante, los temas
cristianos también se reflejaron en las pinturas religiosas, los mosaicos y la
arquitectura de las iglesias. Sin embargo, antes que la transformación del arte
y de la arquitectura, debía producirse la transformación de los corazones y de
las relaciones humanas.
La
iglesia que pierde su primer amor se empobrece aun en la abundancia
El
hecho de que una ciudad hubiera conocido una poderosa proclamación del
evangelio no significaba que su fe se conservaría por sí sola. En el
Apocalipsis, la iglesia de Éfeso había perseverado en el trabajo y la
paciencia, pero recibió una reprensión por haber perdido su primer amor. Era
una advertencia: podemos seguir haciendo lo correcto y, aun así, olvidar por
qué comenzamos a hacerlo; podemos conservar la apariencia exterior de la
iglesia mientras el amor desaparece de su centro.
La
iglesia de Laodicea, enriquecida por el comercio y las finanzas, fue reprendida
por la tibieza de su fe. Poseer mucho no garantizaba la plenitud del alma, y la
seguridad de no necesitar nada le impedía reconocer su verdadera condición
espiritual. La pérdida del primer amor en Éfeso y la tibieza de Laodicea pueden
parecer distintas, pero ambas revelan una misma realidad: el evangelio había
sido desplazado del centro de la vida.
En
Pérgamo había personas que habían mantenido la fe en un entorno marcado por el
culto al emperador y la idolatría; sin embargo, dentro de la comunidad se
habían infiltrado la corrupción moral y las falsas enseñanzas. En cambio, la
iglesia de Esmirna recibió ánimo para permanecer fiel en medio de la
persecución y el sufrimiento. Una iglesia se había adormecido en la abundancia;
otra permanecía despierta en la tribulación. La profundidad de la fe no se
medía por la prosperidad de la ciudad ni por la comodidad de la vida.
Estas
palabras no fueron dadas para que juzguemos los fracasos de las iglesias
antiguas. Son un espejo en el que las iglesias y los creyentes de hoy pueden
contemplar su interior. Nos llevan a preguntarnos si el amor que sentimos al
escuchar el evangelio por primera vez se ha endurecido hasta convertirse en una
costumbre sostenida únicamente por el deber; si la abundancia ha alimentado la
insensibilidad más que la gratitud; o si las concesiones internas están
abriendo grietas más profundas que las amenazas externas. Las ciudades
pueden convertirse en ruinas, pero la Palabra que nos llama a recuperar el
primer amor no se convierte en ruinas.
Aun
después de caer las murallas del imperio, permanecen las preguntas del
evangelio
Desde
finales del siglo XI, la historia de Anatolia experimentó una profunda
transformación. Después de que los turcos selyúcidas derrotaran al ejército
bizantino en la batalla de Manzikert, en 1071, Bizancio fue perdiendo
progresivamente sus territorios orientales. Las Cruzadas comenzaron con el
objetivo de recuperar el poder cristiano, pero la ocupación y el saqueo de
Constantinopla durante la Cuarta Cruzada, en 1204, debilitaron gravemente al
imperio. Cuando los bizantinos recuperaron la capital en 1261, su economía y su
capacidad militar ya se encontraban profundamente deterioradas.
Desde
finales del siglo XIII, los turcos otomanos extendieron su poder por el oeste
de Anatolia, mientras que el territorio bizantino se reducía a Constantinopla y
algunas pequeñas regiones circundantes. Finalmente, en 1453, el ejército de
Mehmed II derribó las murallas con grandes cañones, y el Imperio bizantino
llegó a su fin. La conversión de la catedral de Santa Sofía en mezquita se
convirtió en un símbolo del desplazamiento del centro religioso de Anatolia.
Bajo
el sistema de millets del Imperio otomano, las comunidades cristianas
conservaron una autonomía limitada, pero fueron alejándose progresivamente del
centro de la vida social. Con el transcurso de los siglos, la tierra donde
Pablo había proclamado el evangelio y donde había crecido la Iglesia primitiva
se transformó en una región de predominio islámico. Esta historia muestra que
la dimensión exterior de la Iglesia y su poder político no pueden preservar la
fe para siempre. Los imperios y los edificios pueden parecer fuertes, pero,
cuando desaparecen las personas que aman la Palabra y la obedecen, también
puede tambalearse el centro de la fe.
La
razón por la que el pastor David Jang contempla conjuntamente las ciudades del
Nuevo Testamento y la historia del cristianismo en Turquía no es la nostalgia
por la gloria del pasado. Es llevar el arrepentimiento de Éfeso, los himnos de
Filipos, la perseverancia de Esmirna y la advertencia de Laodicea al corazón de
nuestra fe actual. El evangelio no se conserva por el mero hecho de haber
estado alguna vez presente en una ciudad. En cada época, cuando alguien vuelve
a escuchar la Palabra, renuncia a aquello en lo que había depositado
equivocadamente su confianza y elige el camino del amor y la obediencia, el
evangelio se convierte en una realidad viva del presente.
Las
columnas de Éfeso, las ruinas de Laodicea y las murallas de Constantinopla dan
testimonio de una historia antigua. Sin embargo, la pregunta más profunda que
esas piedras nos plantean hoy no se refiere al pasado. ¿Qué ocupa ahora el
centro de mi vida y qué cultura está creando la comunidad a la que pertenezco?
¿Nos limitamos a contemplar las huellas de las ciudades por las que pasó el
evangelio, o estamos eligiendo de nuevo, aquí y ahora, el primer amor,
convirtiéndonos en una nueva ciudad donde el evangelio pueda habitar?
Video del sermón de David Jang:


