Siguiendo el sermón del pastor David Jang sobre Filipenses 3, exploramos la excelencia del conocimiento de Cristo y la justicia que se recibe por la fe. A través del camino evangélico de Pablo, quien renunció a sus motivos de orgullo, dejó atrás el pasado y corrió hacia el premio del supremo llamamiento, meditamos profundamente en la gracia y la esperanza que nuestra fe debe abrazar hoy.
El
ser humano que Goethe retrata en Fausto llama a las puertas de
los confines del mundo para saber más, pero se enfrenta a una paradoja: cuanto
más profundiza su conocimiento, más nítido se vuelve también el vacío de su
corazón. Como afirma un antiguo dicho, el conocimiento puede ser poder, pero no
todo conocimiento conduce al ser humano más allá de la muerte. Este sermón del
pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, sigue la
confesión de Pablo inscrita en Filipenses 3 y pregunta cuál es, entre todos los
saberes, el conocimiento más sublime, aquel capaz de transformar la existencia
y el destino de una persona. La respuesta no se encuentra en la acumulación de
información, sino en conocer a Jesucristo y en la gracia del evangelio que se
descubre en él.
Donde
termina todo conocimiento, resplandece la luz del evangelio
Pablo
tenía razones para confiar en la carne. La circuncisión al octavo día, su
pertenencia a la tribu de Benjamín, su identidad como hebreo de hebreos y su
fervor como fariseo eran, según los criterios de su tiempo, motivos suficientes
para sentirse orgulloso. Pablo no oculta su pasado. Por el contrario, lo
enumera con claridad y después confiesa que, por causa de Cristo, consideró
como pérdida todo aquello que antes había tenido por ganancia.
El
peso de esta confesión no radica en que Pablo fuera un hombre que nunca hubiera
poseído nada. Había recibido mucho y sabía perfectamente cuánto valor tenía
todo aquello. Sin embargo, cuando encontró algo mayor, sus antiguos motivos de
orgullo ya no pudieron seguir ocupando el centro de su vida. El conocimiento de
Cristo no era un saber que despreciara el estudio o los logros del mundo, sino
un conocimiento que iluminaba la vida eterna y la esperanza de la resurrección,
realidades que aquellos jamás podían ofrecer.
La
excelencia del evangelio no consiste en una exageración que vuelve
insignificante todo lo demás, sino en una luz que reordena la escala de valores
a la que el ser humano se aferraba. Pablo no abandonó su pasado para obtener
más prestigio. Lo dejó porque había ganado a Cristo y ya no permitió que su
pasado siguiera definiendo quién era. Por eso, su renuncia no fue el gesto de
alguien dominado por la carencia, sino la libertad nacida de una plenitud mucho
mayor.
Aquí
se encuentra también la razón por la que el sermón recuerda a quienes dejaron
atrás una vida estable por causa del evangelio. En el centro de su decisión no
estaba, en primer lugar, la fortaleza de poder renunciar a cualquier cosa, sino
la alegría de haber encontrado algo incomparablemente más precioso que todo
aquello que habían dejado. Como expresa la confesión: «No tengo plata ni oro,
pero lo que tengo te doy», el regalo más sublime y eterno que la Iglesia puede
entregar al mundo es, finalmente, Cristo. Quien posee ese regalo no está vacío
aunque parezca pobre, ni se convierte en un perdedor aunque renuncie a muchas
cosas.
En
este punto, el pastor David Jang encuentra la esencia de la fe no en la
cantidad de conocimientos acumulados, sino en el centro de aquello que se
conoce. Una persona puede saber muchas cosas, pero si pierde el evangelio que
le permite conocer al Señor, todo su conocimiento se detendrá ante el umbral de
la vida. En cambio, quien conoce personalmente a Cristo y comprende su valor ya
no confía su identidad a la evaluación del mundo. Como ha recibido lo más
precioso, sabe lo que ha ganado incluso en aquellos momentos en los que parece
estar perdiéndolo todo.
Cuando
se derrumba mi propia justicia, se abre el camino de la gracia
La
transformación de Pablo no se reduce a sustituir un motivo de orgullo por otro.
El sermón ilumina la profunda distancia que existe entre la justicia basada en
la ley y la justicia del evangelio. La justicia de la ley pregunta cuánto he
obedecido, cuán irreprochable ha sido mi vida y qué méritos he alcanzado. La
justicia del evangelio, en cambio, aparta la mirada de mis propios méritos, la
dirige hacia el amor de Dios y contempla la justicia que procede de él por
medio de la fe.
Por
eso resulta tan importante la expresión de Filipenses 3:9: «Ser hallado en él».
La fe no es la historia de una persona que, mediante todos sus esfuerzos,
consigue encontrar a Dios y finalmente demuestra que merece ser aceptada. Es
una historia escrita en la voz pasiva de la gracia: el Señor nos sostiene y
permite que seamos hallados en Cristo. Ante esta perspectiva, el orgullo humano
se derrumba silenciosamente y en su lugar entran, al mismo tiempo, la humildad
y la alegría.
El
cambio de Pablo resulta aún más contundente porque su fervor no procedía de la
pereza. Estaba tan decidido a defender la tradición de la ley que consideraba
correcta que llegó incluso a perseguir a la Iglesia. Sin embargo, después de
encontrarse con Cristo resucitado, quedó de manifiesto que la dirección del
fervor es más importante que su intensidad. Una fidelidad orientada hacia un
centro equivocado puede no acercar a una persona a la verdad e incluso llevarla
a combatir el evangelio. Pablo volvió a levantarse como alguien que había sido
alcanzado por Cristo, no porque su seguridad en sí mismo se hubiera
fortalecido, sino porque su propia idea de justicia se derrumbó y fue sostenido
decisivamente por la gracia de Cristo.
También
nosotros podemos convertir la vida de fe en un recurso para establecer nuestra
propia justicia. El hecho de haber creído durante muchos años, el recuerdo de
haber servido más que otros o el orgullo de haber vivido con mayor rigor pueden
comenzar a ocupar, sin que nos demos cuenta, el centro del corazón. Sin
embargo, Pablo no abandonó únicamente los éxitos mundanos. También dejó atrás
los logros religiosos con los que había creído que podría demostrar su justicia
delante de Dios.
El
arrepentimiento no consiste solamente en recordar los errores del pasado y
acusarse interminablemente a uno mismo. Es renunciar a la antigua convicción de
que podemos hacernos justos por nuestros propios medios y volvernos hacia el
deseo de ser hallados únicamente en Cristo. Entonces, la gracia deja de ser el
último recurso utilizado para completar aquello que nos falta y se convierte en
el fundamento del evangelio que nos salva desde el principio hasta el final. La
fe consiste en confiarse a ese fundamento, y el amor se convierte en la nueva
manera en que la persona revestida de esa gracia trata a los demás.
Quien
ha sido alcanzado vuelve a correr hacia la meta
Pablo
afirma que Cristo Jesús lo alcanzó y, al mismo tiempo, confiesa que continúa
adelante para alcanzar aquello para lo cual fue alcanzado. Ya ha sido sostenido
por Cristo, pero sigue corriendo; ya ha recibido la gracia, pero todavía no
considera haber llegado a la perfección. En esta paradoja se encuentra la
tensión propia de una fe madura. La salvación no es una razón para permanecer
inmóviles, sino la fuerza más profunda que nos impulsa a avanzar hacia el
llamamiento recibido.
La
«fe que continúa corriendo», destacada en el sermón del pastor David Jang, es
diferente de la impaciencia por obtener resultados. La carrera de Pablo no es
una competencia destinada a engrandecerse a sí mismo, sino un camino de
obediencia en el que desea conocer a Cristo, experimentar el poder de su
resurrección, participar en sus padecimientos y, finalmente, llegar a la
resurrección. En ese camino aparecen momentos que parecen pérdidas y también
sufrimientos, pero su mirada no permanece en la evaluación del presente, sino
en el premio del supremo llamamiento de Dios.
La
certeza de haber sido alcanzado por Cristo no detiene sus pasos. Por el
contrario, le permite comprender claramente hacia dónde debe correr. La gracia
no convierte a una persona en una espectadora pasiva. Quien responde al amor
recibido limita voluntariamente su propia libertad, elige ocupar el lugar del
siervo para ganar a más personas y recorre hasta el final el camino que le ha
sido confiado.
Pablo
no afirmó que ya lo hubiera alcanzado todo. Tampoco exhibió sus logros
espirituales como si fueran una obra terminada. Olvidando lo que quedaba atrás
y extendiéndose hacia lo que estaba delante, continuó avanzando hacia la meta.
Esto no significa negar el pasado ni borrar los recuerdos, sino tomar la
decisión de no permitir que las antiguas glorias o las heridas del ayer
aprisionen la obediencia que se nos pide hoy.
Cuando
soltamos el pasado, la esperanza se convierte en camino
El
ser humano no queda aprisionado únicamente por sus fracasos, sino también por
sus éxitos. Los recuerdos dolorosos se convierten en miedo y atan sus pies,
mientras que los recuerdos de aquello que hizo bien pueden transformarse en
complacencia e impedirle seguir creciendo. Tanto la Iglesia como cada creyente
corren el riesgo de perder la fuerza presente del evangelio cuando se detienen
a contemplar solamente lo que ya han alcanzado. La confesión de Pablo
—«olvidando lo que queda atrás»— no expresa desprecio por el pasado, sino la
declaración de fe de quien se niega a permitir que el pasado se vuelva más
grande que el llamamiento de Dios.
El
sermón reconoce que la profundidad de la fe puede variar de una persona a otra,
pero exhorta a todos a continuar caminando desde el punto al que hayan llegado
y a dar un paso más. Tanto quien todavía tiene una fe débil como quien ha
seguido la Palabra durante muchos años necesitan avanzar en una misma
dirección. Lo necesario es no considerarse una persona ya terminada y moverse,
desde el lugar que Dios le ha dado hoy, siguiendo la luz del evangelio.
El
premio del llamamiento no consiste en el reconocimiento ni en los honores del
mundo. Es la vida eterna y la gloria concedidas en Cristo. Esa esperanza nos
permite perseverar en la carrera que cada uno ha recibido en su familia, en su
trabajo y en la Iglesia. Aunque los caminos y las velocidades sean diferentes,
si las miradas se dirigen hacia un mismo lugar, la comunidad puede superar las
comparaciones y los conflictos para avanzar con un solo corazón. La libertad
que se hace sierva por amor, la paciencia que contempla la resurrección aun en
medio del sufrimiento y la obediencia que busca vivir de una manera digna de la
gracia recibida forman ese camino.
En
definitiva, el conocimiento sublime no es una afirmación guardada en la mente.
Es un conocimiento lleno de vida que transforma aquello de lo que nos sentimos
orgullosos, aquello a lo que renunciamos y la dirección hacia la que damos hoy
un nuevo paso. Si nuestra confesión de conocer a Cristo todavía no sacude
nuestros valores, nuestro tiempo y nuestras decisiones, ¿no será que conocemos
su nombre, pero aún no nos hemos colocado plenamente ante la excelencia de ese
conocimiento?
¿Permanecen
hoy nuestros pasos ocupados en proteger las antiguas glorias y heridas, o
estamos volviendo a avanzar hacia la meta, deseando ser hallados en Cristo?
Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org
Video del sermón de David Jang:


